‘El Juicio de los 7 de Chicago’ es un drama judicial competente pero limitado

Trato de evitar comparaciones innecesarias al hablar de películas, pero en algunos casos es difícil no caer en ello. Por ejemplo, El Juicio de los 7 de Chicago originalmente iba a ser dirigida por Steven Spielberg hace más de una década, ya que el director le pidió a Aaron Sorkin que escribiera el guion. La simple idea de Spielberg dirigiendo esta película se hace mucho más interesante de lo que Sorkin terminó haciendo, y no es difícil imaginar cómo podría haber sido diferente. No es que la película sea mala, pero Sorkin dirigiendo su propio guion es un error que reduce uno de los juicios más disparatados de la historia de EE.UU. a un show de dos horas que sirve mayormente para exponer sus mañas como guionista a la enésima potencia, sin filtros ni tapujos que puedan moderar su evidente visión idealista. Toda la historia del juicio, y los eventos que le precedieron y le siguieron, hubiesen funcionado mucho mejor como una mini-serie.

Lo que tenemos es un drama jurídico sumamente competente que resulta entretenido porque el elenco se desenvuelve con soltura con el ping-pong de diálogos que es característica esencial de los guiones de Sorkin. Los 8 actores que interpretan a los líderes de las manifestaciones y disturbios públicos que sucedieron en 1968 conforman un casting de alto nivel; Eddie Redmayne como Tom Hayden; Alex Sharp como Rennie Davis; Sacha Baron Cohen como Abbie Hoffman; Jeremy Strong como Jerry Rubyn; John Carroll Lynch como David Dellinger; Danny Flaherty como John Froines; Noah Robbins como Lee Weiner, y; Yahya Abdul-Mateen II como Bobby Seale, co-fundador de las Panteras Negras. Este último merecería su película aparte, ya que fue el arresto más injusto de todo el caso, habiendo estado presente en las manifestaciones solo durante unas horas, y recibiendo un trato sumamente discriminatorio durante el juicio, hasta el punto de ser amordazado.

Al otro lado del estrado estaba el Juez Hoffman, interpretado por un excelentísimo Frank Langella, que ofrece una mirada de locura irritante y encarna con gran acierto a una figura que pasó a convertirse en una de las más desprestigiadas dentro del ámbito jurídico en EE.UU. tras la finalización del juicio. Todo en dicho proceso fue producto de una cacería de brujas por parte del Departamento de Justicia del mandato del Presidente Nixon, que buscaba impetuosamente establecer un precedente para futuros manifestantes que estuvieran en contra de la Guerra de Vietnam. Uno de los jugadores más estrafalarios fue Abbie Hoffman, co-fundador yippie, que no desaprovechó oportunidades para exasperar al juez con el cual compartía el apellido, sin tener ninguna conexión más allá de eso. Baron Cohen es una opción de casting acertada, pero se lo siente algo controlado, parte del problema del relato de Sorkin que parece haber seleccionado solo algunos momentos resaltantes de todo el espectáculo que duró unos seis meses. El crítico Jordan Hoffman asegura que el guionista destripó a la historia real de sus influencias judías, y creo que es otra razón por la cual esto hubiese funcionado mejor con un formato serial limitado.

Algo que no se le puede negar a Sorkin es que sabe jugar con las líneas de tiempo de forma que la narrativa resulte amena. En medio de los procedimientos judiciales hay flashbacks al día de los disturbios que terminaron en los arrestos, y logra mantener el interés a pesar de que solo extrae del caso los puntos que más le conviene para hacer una película entretenida de dos horas. No busca tanto ofrecer un retrato real del caso, sino que aprovecha dicho evento para vertir sus ideales que hacen que toda la historia se sienta algo ingenua, y ni qué decir de las obvias licencias que se toma en pos del ritmo, y de generar momentos que claramente buscan posicionarse en la campaña de premiaciones que se acerca, tanto que hasta llega a ser vergonzoso. Ni siquiera el propio realizador niega que los paralelismos con la situación actual en EE.UU. hayan sido aprovechados para darle más fuerza a la discusión política que es su evidente motivación, y todo esa búsqueda hace que la película funcione mejor como panfleto que como documento histórico.

Sin embargo, nada de eso minimiza el gozo que genera semejante elenco, acompañado también por el fantástico Mark Rylance como el abogado William Kunstler, además de Joseph Gordon-Levitt como el fiscal Richard Schultz. Luego tenemos pequeñas pero sobrias intervenciones como Michael Keaton que hace del exfiscal general, y John Doman como el nuevo fiscal general, este último ofreciendo una intimidante actuación en menos de 10 minutos. Estimo que El Juicio de los 7 de Chicago estará presente en la siguiente carrera por los premios, y es justamente del tipo de películas que más suelen acaparar la atención por su mirada política, pero las flaquezas de Sorkin están demasiado presentes como ser ignoradas. Ciertamente es un drama judicial memorable, pero yo seguiré imaginando cómo Spielberg hubiese pulido y entregado una obra narrativamente superior.

Acerca de Emmanuel Báez 2717 Articles
Editor en Jefe y Crítico de Cine. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society. Miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix. Jurado Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2018.

1 Comentario

  1. Acabo de verla y me gustó muchísimo. Bueno, supongo que mis conocimientos de cine no me permiten ver sutilezas. Pero es tan buena la historia narrada que la recomendaría sin dudas.

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