‘Rashômon’, la obra maestra de Akira Kurosawa que explora la fragilidad de la verdad

Mi primer acercamiento a Akira Kurosawa fue con Rashômon hace unos doce años, y recuerdo haber disfrutado el primer visionado, aunque las cuestiones más complejas de la película del director japonés se me escaparon del análisis estudiantil que había realizado. Llegué al film gracias a la recomendación de dos personas cuyas opiniones respetaba bastante, y luego seguí con la épica Seven Samurai que me conquistó con su audacia y envergadura. Eran dos trabajos opuestos en casi todo sentido que me revelaban la pasión de un realizador apodado como «Emperador» (que no era exactamente un halago, ya que se refería a su estilo arrogante de dirigir), quien se convirtió en uno de los directores más importantes de la historia del cine.

Después de ver la película por primera vez, investigué brevemente acerca de su impacto, tanto en el cine oriental como fuera del país. Se llevó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1951 y también el premio honorífico de la Academia de Cine de EE.UU. a la película extranjera más excepcional. En aquel entonces había leído que los Premios Óscar agregaron a su lista de categorías la de «Mejor Película Extranjera» a raíz del éxito del film de Kurosawa, pero, en realidad, la organización ya había entregado varias estatuillas simbólicas a películas extranjeras en años anteriores. El director japonés formó parte de un grupo selecto donde también se incluyó a Shoeshine (1946), Monsieur Vincent (1947), Ladri di Biciclette (1948), The Walls of Malapaga (1949), Gate of Hell (1953) y Samurai I: Musashi Miyamoto (1954).

La película sigue a varios personajes que relatan un mismo trágico suceso: la violación de una mujer y el asesinato de su marido samurái. El atractivo es que cada uno de los personajes (incluyendo el espíritu del propio samurái que es invocado a través de una médium) cuenta la historia desde su propia perspectiva, adornando el suceso con mentiras que hacen que cada uno se vea mejor. A pesar de la búsqueda de balance en los distintos puntos de vista, la narración es más fuerte con la presencia de Toshirô Mifune, uno de los actores «fetiche» de Kurosawa, con quien trabajó en numerosos proyectos. Mifune interpreta al bandido Tajômaru, quien admite haber cometido las atrocidades, pero lo hace engrandeciendo su fuerza e intrepidez.

Algunos medios de la época no se mostraron tan entusiasmados con la producción, como el prestigioso The Hollywood Reporter, cuya crítica destacó varios aspectos de la película, pero con expresiones moderadas. Con respecto al elenco, sentenciaron que el film estaba «hábilmente actuado». Masayuki Mori interpreta al samurái; Machiko Kyō hace de la esposa; y Takashi Shimura, a un leñador, que al principio de la película es el que empieza a contar cómo se llevó a cabo el juicio y el mismo crimen, siendo él mismo un testigo presencial. Actoralmente, el desempeño es impecable, estando en la línea de la mayoría de los títulos «jidai-geki» (literalmente, drama de época), con pesos pesados como el de Shimura y Mifune, quienes escupen y babean del asombro y la ira convincentemente.

A pesar de algunas observaciones templadas, Rashômon se convirtió en un éxito de taquilla internacional, y siguió llevándose premios. Sin embargo, su legado más importante es el que está directamente ligado a las enseñanzas sobre realización cinematográfica. Es constantemente citada como un gran ejemplo del uso del «narrador poco confiable», un recurso que, cuando es bien utilizado, puede lograr que el espectador se mantenga al filo del asiento intentando desentrañar el misterio de «quién hizo qué» durante la película. En este caso, ¿cómo realmente sucedieron los hechos relatados? ¿Quién mató al samurái? ¿Fue la esposa realmente violada? ¿Quién ganó el duelo entre el marido y el infame delincuente? Al no decantarse por ninguna respuesta fácil y entregar un final ambiguo, Kurosawa mayormente explora la honestidad y la memoria del ser humano, y cómo estos impactan en la identidad y la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

El efecto de narrar una historia desde distintos puntos de vista fue posteriormente conocido como «El Efecto Rashômon». Algunas reconocidas películas que dominaron el recurso con variaciones son The Usual Suspects (1995), Snake Eyes (1998), y Gone Girl (2015), entre otros. Si no me equivoco, es el único clásico del cine japonés en recibir un guiño por parte de los guionistas de Los Simpson. En un episodio de la popular serie, la familia hace un viaje a Japón, y Homero no está nada contento con el acontecimiento. En el avión, Marge intenta calmarlo diciéndole que «a él le gustó Rashômon», a lo que él responde que «no es así cómo lo recuerda».

Adicionalmente, es una película cuyos temas secundarios se vuelven más relevantes tras un visionado actualizado, específicamente los relacionados a la mujer. En todas las versiones, es la mujer la que sufre más, y cuya historia es contada con mayores detalles, a excepción de la del leñador, que parece acercarse más a la realidad objetiva. En esa versión, la mujer se levanta contra su asaltante y su marido, vociferando que ninguno de ellos es un «hombre de verdad». No pretendo conocer las intenciones profundas de Kurosawa, pero se puede interpretar la misoginia presente en la obra como una condena a la sociedad machista de la época, lo que se ve reforzado con la decisión de tener a todos los involucrados hablándole directo a la cámara, como haciendo una declaración para los espectadores.

El crítico e historiador Claude Beylie llamó a Rashômon «la piedra angular» de la filmografía de Akira Kurosawa. Si bien se trata de su decimosegundo largometraje, y ya habiendo dirigido dramas maduros y sobrios antes de este, es una expresión más que acertada, puesto que es la primera que se suele recomendar cuando se habla del director japonés. En parte, eso tiene que ver con que es la película que lo consagró internacionalmente, pero jamás se puede desmeritar su virtuosismo impregnado en cada fotograma de la obra maestra. En los minutos finales, el leñador, el sacerdote y el vagabundo, quienes se encuentran conversando sobre lo sucedido en las ruinas de la puerta de Kyoto bajo la intensa tormenta, escuchan el llanto de un bebé. El sacerdote lo recoge, sin saber qué hacer con él, y el leñador promete cuidarlo, alejándose después con el pequeño en brazos mientras el sol finalmente dispara sus rayos sobre su figura. A pesar de todos los engaños, las mentiras, y las acciones egoístas que el leñador presenció durante el juicio, Kurosawa culmina su relato con una luz de esperanza. Quizás el ser humano no está tan condenado después de todo.

Acerca de Emmanuel Báez 2710 Articles
Editor en Jefe y Crítico de Cine. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society. Miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix. Jurado Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2018.

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