‘Marea Roja’, cuando el deber y la moral chocan entre sí

(“La lupa” es un espacio en donde analizamos las películas con obsesión, indagando en las decisiones narrativas y creativas que, en conjunto, forman la obra cinematográfica. Todo esto con el fin de contagiarles de nuestra pasión por el cine.)

Rebeldes rusos toman una base de misiles nucleares en Rusia y amenazan con disparar a Japón y Estados Unidos, pudiendo desencadenar así una Tercera Guerra Mundial. El gobierno norteamericano ordena entonces al Capitán Ramsey (Gene Hackman), a cargo del submarino nuclear “Alabama”, disparar sus misiles nucleares contra los rebeldes en Rusia. Antes de cumplir la orden, una segunda orden es enviada, pero es recibida solo en parte debido a un ataque sorpresa de un submarino enemigo. Superado el ataque, Ramsey se dispone a disparar los misiles, pero es cuestionado por su Segundo al mando, el Capitán Hunter (Denzel Washington) quién sostiene que lo correcto es tratar de conseguir el mensaje incompleto, empezando así un enfrentamiento entre ambos sobre la validez de la orden de disparar, empeorando así una crisis de proporciones globales.

Tony Scott fue un director que nos obsequió una buena cantidad de películas de calidad, antes de abandonar este planeta. Siempre supo moverse con soltura entre diversos géneros cinematográficos y de su potente estilo visual y su dinámica dirección nacieron obras como Top Gun, Enemigo Público; o la que muchos consideran como su mejor película: Hombre en Llamas. Obras que no dejaron indiferente a nadie, y de las cuales se sienten que su función principal es deleitarnos como espectadores con historias bien contadas y que dejen marca en quienes ven sus películas. En esta oportunidad, es mi intención compartir unas líneas sobre una película suya que fácilmente puedo ver repetidas veces sin que deje de sorprenderme ni entusiasmarme, tanto en su realización como en su puesta en escena. Una película que me apasiona y me recuerda porqué amo el cine: Marea Roja (Crimson Tide)

Marea Roja es, antes que nada, una película bien clásica, para un entretenimiento bien directo basado en la tensión que rodea a las historias de los submarinos. Pero el director se valió de un guión que, bajo esa cubierta de aparente pochoclerismo, invita a una reflexión no menos importante y que tiene que ver sobre las decisiones morales y éticas en situaciones extremas. Detalle aparte el hecho de que este guión fue revisado y ajustado por Quentin Tarantino, de quién podemos percibir su particular estilo en varias líneas, pero que no fue acreditado por no estar aún registrado como guionista. El film logra retratar perfectamente esa mística del mando militar y el sentido de patriotismo de un soldado sobre defender a su país. Pero no nos engañemos, en ningún momento la película se siente como propaganda ni directa o indirectamente (te estoy viendo Transformers), sino que, al contrario, plantea cuestiones muy fuertes sobre la futilidad del sistema y de la cadena del mando en situaciones muy particulares, por lo que la película sobrepasa la típica historia cliché de yanquis contra rusos (o contra cualquier otro país), así como a cualquier película con un inflado sentimiento patriótico. Quizá esto tenga que ver, y es algo que me sucede particularmente, con la cuestión de lo riesgoso y peligroso que representa el hecho de trabajar en un submarino. Uno como espectador no puede evitar preguntarse (tratando de identificarse con los personajes) cómo es vivir en un submarino y al mismo tiempo, como es morir en él. Las respuestas son más cuestiones de la física que de otra cosa, por lo que enseguida sentimos empatía por todos aquellos encerrados en esas naves.

Y esta empatía es reforzada por la forma en que el director nos presenta al submarino y a su tripulación. Valiéndose de una hermosa fotografía compuesta por luces de distintas tonalidades y sombras bien marcadas; y elementos narrativos como ángulos extraños o una copiosa lluvia a la par de chispas de soldaduras, Scott imprime pasión y respeto por toda la infraestructura y la tripulación del submarino, haciendo que uno quede hipnotizado por ese pequeño universo metálico y por la forma en que la vida se desarrolla en él. Lo genial de esto es que la película en ningún momento se siente claustrofóbica (en el mal sentido) o con tomas rebuscadas; sino que, al contrario, saca una increíble ventaja del reducido espacio y se vale de esa aparente limitación para construir una tensión muy verosímil y presente durante toda la película. Esto sumado a que tiene una estructura aparentemente clásica, con un estilo muy marcado de los 90, pero de gran efectividad a la hora de anticipar las acciones, evitando que las explicaciones sobre los procedimientos y la vida diaria del submarino se vuelvan tediosas y se conviertan en un lastre para la historia. Incluso situaciones o puntos de giro evidentes pasan desapercibidos como tal, y se sienten más como situaciones que fluyen naturalmente y, por ende, ganan credibilidad. Acompaña además un excelente trabajo de Hans Zimmer a través de temas musicales con toques eléctricos y de sintetizadores, impregnando al soundtrack un estilo que funciona. (Y que vuelve a utilizar en The Rock con Nicolás Cage y Sean Connery; de 1996). Estilo que evoca un espíritu épico de lucha y honor en el campo de batalla que funciona sin problemas, lo cual resulta en un trabajo genial.

Discurso frente al Alabama.

Sin embargo, el verdadero tesoro de la película, y que trabaja en perfecta armonía con la cuestión principal de las decisiones basadas en el sistema y la cadena de mando, son las interpretaciones. Scott cuenta con un reparto de calidad, al que puede moldear a gusto con una exquisita dirección actoral. Debo reconocer que me apasiona mucho el hablar de este punto, ya que las actuaciones de Denzel Washington y Gene Hackman rayan la perfección. Es un casting muy acertado para transmitir una situación de vieja escuela versus la nueva generación. Y esto está plasmado en una multitud de detalles, como que el personaje de Hackman (Ramsey) utiliza un reloj a manecillas, mientras que Washington (Hunter) utiliza un reloj digital. Son pequeñas decisiones que, en su conjunto, y en silencio, nos remarcan las abismales diferencias entre ambos personajes, pese a que ambos deben cumplir las mismas funciones y obedecer de la misma manera cualquier orden. Pero también tenemos las grandes decisiones como que Ramsey no pensará dos veces en golpear a un marino insubordinado, en contraste con Hunter que no puede evitar preocuparse por la moral de la tripulación. Y es que el Capitán Ramsey es un marino de la vieja escuela, duro de roer, aquel sabueso fiel que sabe cumplir las órdenes de sus amos sin pestañear. Y eso es lo que lo convierte en un elemento valioso de la Marina. Mientras que Hunter es un militar de la nueva era, con estudios en filosofía y política, más acorde a las necesidades actuales de ser conscientes ante las órdenes que deben ejecutarse.

Son dos generaciones muy distintas con enfoques muy particulares que obviamente chocan entre sí, pero la película explora hasta qué punto ambos oficiales pueden conciliar sus ideas y decisiones, así como el qué sucede cuando la conversación ya no es suficiente para estar de acuerdo. Hackman entrega una actuación muy potente y cargada de personalidad, y acorde al historial militar del que hace gala su personaje. Siempre pensé que a Hackman le queda genial el papel de oficial de alto rango (en especial, si es de la Marina), papel que luego repite en Tras las líneas enemigas con Owen Wilson. Y es que su apacible rostro recuerda al de un veterano que se preocupa por los suyos, pero que cuando se endurece es la pesadilla de todo soldado. Además, entrega una personificación que impregna de un profesionalismo muy verosímil a su personaje, lo cual, como espectadores, recibimos inconscientemente con los brazos abiertos. Denzel tampoco se queda atrás, con una interpretación soberbia que destaca especialmente en los momentos en que está en desacuerdo con su superior. Contiene sus emociones como buen soldado, pero son unos rasgos leves suyos los que nos indican que por dentro piensa que el Capitán Ramsey es propenso a pasarse de la raya. Lo cual no está muy alejado de la realidad, ya que Ramsey constantemente pone a prueba a su segundo, y evidenciando cada vez más su intolerancia hacia el mismo, justificado en el hecho de que un verdadero marino debería estudiar metalúrgica de barcos antes que filosofía o ciencias políticas. Sin mencionar además la falta de experiencia en el campo de batalla.

Cabe mencionar que Denzel se vale en buena medida de su porte y su expresión corporal para transmitir al espectador que, ante todo, es un excelente marino y que, si bien está en desacuerdo con su superior, sus modales y su entrenamiento evitan que se deje llevar emocionalmente. Pero es justamente el quiebre de esta representación emocional que posee Hunter, la que permite que seamos testigos del verdadero tesoro de la película: Dos poderes en lucha que no son capaces de conciliar sus diferencias en orden y bajo los estamentos de la Marina y que al no ponerse de acuerdo deciden actuar de manera obstinada e instintiva, lo cual obviamente es muy peligroso para el submarino y para toda la tripulación que depende de sus oficiales superiores (y ni que decir el mundo, ante una posible catástrofe nuclear). Si bien hay una tendencia de mostrar al Capitán Ramsey como el más “malo”, el director logra justificar todas sus acciones dándonos a entender que fue entrenado así y que tiene la obligación de actuar de esa manera, mientras que Hunter es propenso a dejarse llevar por una obstinación a hacer lo verdaderamente correcto, lo cual está bien sin dudas, pero lo hace sin poder controlar del todo sus emociones, provocando que pase por alto cuestiones del protocolo militar que lo convierten en alguien más emocional que profesional, jugándole todo esto en su contra. El conflicto de poder entre ambos actores es de lo mejor que he visto en actuación y hace que cada roce, que va en aumento, sea un deleite cinematográfico. No podemos dejar de mencionar las excelentes actuaciones de un joven Viggo Mortensen, quien llega a convertirse en un personaje clave que debe decidir del lado de quién estará, entregando unos momentos cargados de tensión que son manejados a la medida de su personaje, así como de James Gandolfini con su genialidad de siempre, demostrando su capacidad de interpretar un personaje muy despreciable, pero que, como todos, tiene una motivación bien marcada, a pesar de ser secundario. Ambos actores aportan lo suyo desde sus respectivos personajes, realzando aún más la calidad de las interpretaciones a nivel general.

Escena del Motín del Alabama.

Lo genial de la película es que, al verla por primera vez, es muy difícil prever el cómo terminará. Si quien tendrá la razón al final. Pero más genial es el hecho de que al verla de vuelta, uno puede disfrutar mejor del verdadero viaje: el conflicto entre dos grandes personajes convencidos enteramente en sus motivaciones y que harán lo que sea por proceder de acuerdo a los estándares de sus instituciones. Y es que hay una línea de diálogo que resume toda la cuestión de la película, y que es recitada por el mismo Ramsey ante una pequeña objeción por parte de Hunter: “Estamos para defender la Democracia. No para practicarla”.

Acerca de Cristhian Aguilera 6 Articles
Eterno estudiante de cine y apasionado del cine de los 90. Admirador de David Cronenberg y Fabián Bielinsky.

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