‘A Nightmare on Elm Street’, las líneas difusas entre lo real y lo imaginario

Wes Craven ya poseía una considerable cantidad de largometrajes en su haber – su brutal debut cinematográfico The Last House on the Left (1972) y la canibalística The Hills Have Eyes (1977) – cuando, inspirado en su niñez y en artículos periodísticos que narraban las dificultades para dormir que sufrían refugiados asiáticos en los Estados Unidos, decidió escribir el guion de lo que se convertiría A Nightmare on Elm Street, tal vez su más inventiva y provocadora creación. Estrenada en una época en la que películas de terror de bajo costo obtenían un alto margen de rentabilidad – Halloween (1978), Friday the 13th (1980) – la cinta fue un celebrado éxito para la incipiente productora New Line Cinema, que incluso fue apodada como ‘La Casa que Freddy Creó’. La película inició una franquicia que comprende nueve películas y múltiples adaptaciones novelísticas, de cómics y videojuegos, elevando el estatus del desfigurado villano Freddy Krueger a ícono de la cultura popular.

Pero antes del millonario éxito, estaba una película nada ambiciosa y llena de ideas frescas, considerando el contexto creativo que reinaba en el género a principios de la década de los 80. A Nightmare on Elm Street comienza con una secuencia de sueño, en donde Tina (Amanda Wyss) es perseguida por un terrorífico hombre desfigurado (brillante Robert Englund, quién interpretaría a Freddy Krueger en las siete secuelas de la cinta). Perturbada por ese sueño tan realista, Tina comenta sobre él a su novio Rod (Nick Corri), su amiga Nancy (Heather Langenkamp), y al novio de ésta, Glen (Johnny Depp, en su primera película). Los tres terminan acompañando a Tina en su primera noche después de la pesadilla, pero Freddy Krueger vuelve a embrujar sus sueños… excepto que esta vez, no es un sueño. ¿O si lo es? Tina es inexplicablemente asesinada en una de las escenas más brutales del cine slasher de la década, y su novio Rod se da a la fuga, temeroso de ser acusado de su asesinato.

El motivo de las fieras apariciones de Freddy Krueger en los sueños de estos carismáticos adolescentes no es explicado hasta casi una hora dentro de la película. Nancy, la nueva víctima de las pesadillas, descubre que su madre (Ronee Blakley) conoció a Krueger en la vida real. «Era un asesino de niños despreciable que mató a unos veinte niños en el vecindario», le explica. Entonces procede a confesarle que, en vista del fallo de las autoridades, los padres del vecindario tomaron justicia por sus propias manos, y quemaron a Krueger vivo en una caldera abandonada, donde acostumbraba a llevar a sus víctimas. Armada con esta información y su determinación para salvarse de un destino mortal, Nancy se dispone a enfrentarse a la peor de todas sus pesadillas.

Wes Craven optimizó el truco de jugar con las expectativas de la audiencia, del que ya existían antecedentes en sus trabajos priores, y construyó una obra llena de ambigüedad, donde lo imprevisible provoca más horror que lo visceral, y el miedo parece ocultarse tras cada esquina. El guion es lo suficientemente sólido como para que la experiencia resulte más que entretenida, y la labor de los actores, en especial el de Heather Langenkamp, es admirable considerando de que se trata de una película de bajo presupuesto, protagonizada por intépretes juveniles con poca o nula experiencia previa. Como toda cinta de terror, el montaje y la banda sonora juegan un papel muy importante en el desarrollo de la idea, y aquí ambos elementos están muy bien logrados. Los hipnóticos sintetizadores que acompañan las secuencias más intensas de la película fueron idea del mismo Craven, quien tras escuchar la canción ‘Dream Weaver’ de Gary Wright, decidió que establecería el tono ambiental perfecto para las pesadillas de Krueger.

La idea de alternar la línea que divide los sueños y la realidad ha sido explorada en muchas ocasiones en el cine, y quizás con mucha más indagación y profundidad. Pero que una cinta slasher de los años 80 no solo estimule esta idea, sino que también ofrezca sustos, sangre y gritos de calidad no tenía precedentes en ese entonces. Sembrar el pánico en un lugar tan recóndito y surreal de la mente como son los sueños no es un trabajo fácil, en especial cuando se lidia con una audiencia hambrienta de emociones fuertes. El director se convirtió en uno de los más grandes representantes del cine de terror del siglo XX tras el estreno de A Nightmare on Elm Street, y pese a que ya hayan pasado casi treinta años de su estreno, esta película permanece igual de entretenida, vehemente y vigorosa. No muchos cineastas del cine de terror pueden jactarse de haber creado una película tan atemporal como Wes Craven.

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Redactor y crítico de cine. Amante del cine independiente.

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