‘El Rey León’: lo que el realismo se llevó

En todas las películas grandes trabaja mucha gente. En algunas, se siente como si esa cantidad de talento involucrado fuera mucho mayor. Viendo esta nueva versión de animación fotorrealista de El Rey León, no podía evitar pensar en las horas de trabajo detrás de cada pequeño movimiento en la animación de los animales, de los escenarios, de la cámara digital; el viento invisible moviendo las hojas de toda la vegetación que rodea la Roca del Rey, las gotas de agua de la cascada al ingresar al Oasis, los minúsculos reflejos de Scar intentando sacarse los pequeños insectos que revolotean sobre él. Es un verdadero hito en la historia de la animación y, bajo ningún punto de vista, se puede desestimar el trabajo colectivo que hizo que esta película llegara a su puerto, más todavía teniendo en cuenta el historial de Hollywood con la labor de los animadores en la última década, que no es tan respetada y renombrada como debería ser hasta el punto en que muchos seguían promocionando esta película como si fuera de «acción real».

Todo eso hace que sea todavía más lamentable que hayan decidido marcar un antes y un después en el cine con una adaptación de una de las películas más populares y queridas de la década de los noventa, un título tan especial que no envejeció para nada a veinticinco años de su estreno y sigue entreteniendo tanto a adultos como a niños de esta nueva generación. Quizás en algún momento futuro sea posible apreciar este remake sacándola de las sombras de la película original, pero me temo que pasará mucho tiempo para que eso ocurra (y tal vez sea una apreciación imposible) ya que la nueva versión existe como si alguien hubiera hecho uso de una varita mágica para convertir aquella impoluta animación tradicional a la animación fotorrealista que hoy nos toca como una demostración de los avances de la tecnología más que como una intención de contar una historia que pueda marcar de vuelta a grandes y chicos. Si un remake no se siente como si alguien dijera «contemos de vuelta esta historia de traición, culpa, amistad, y venganza» sino como «aprovechemos esta nueva tecnología para vender el mismo producto», es evidente que hay un problema de acercamiento. En este sentido, es el ejemplo máximo del estado actual del cine comercial hollywoodense, que sigue vendiendo la tecnología 3D como si realmente mejorara, en algún sentido, la experiencia cinematográfica cuando no es más que una excusa descarada para encarecer el precio de las entradas.

Irónicamente, la película se disfruta de cierta manera porque es exactamente la misma historia, y funciona también como un experimento de comparación constante, algo que resulta inevitable por las decisiones creativas. Jon Favreau, que dirigió la maravillosa y encantadora adaptación de El Libro de la Selva regresa a la silla de director porque es un realizador que conoce el terreno del cine familiar como pocos, y en sus trabajos se suele sentir la afabilidad de alguien que busca siempre ese elemento básico de una película que pueda divertir a todas las franjas etarias dispuestas a dejarse llevar por un relato ameno y así también a aquellos que, simplemente, necesitan desconectarse de la realidad durante un rato con una historia que no cale profundo, pero sí que despierte emociones a un nivel adecuado para dibujar una sonrisa duradera en el rostro o echar unas lágrimas purificadoras. En ese aspecto es idóneo para este remake y su trabajo como director, -en colaboración con la fotografía de Caleb Deschanel (La Pasión de Cristo)-, es estupendo, al nivel de un documental de National Geographic o Animal Planet.

Toda la historia está contada con una cámara verosímil, como si realmente hubieran armado un equipo y hubieran ido a África a perseguir a estos leones en su hábitat natural. El peso de la cámara se siente aun más en las secuencias más intensas como la estampida en el cañón o los enfrentamientos finales, y hasta cuando deciden elevar el punto de vista uno puede imaginar las grúas o los rieles elevados, e inclusive un helicóptero sobrevolando la savanna. Por supuesto, no existe nada de eso ya que estamos hablando de un trabajo enteramente digital, pero ese nivel de detalle es digno de un análisis aparte porque es una práctica común (a veces en detrimento de la propia película) que en las obras de animación aprovechen la inexistencia de la cámara real para crear planos imposibles y efectos de cámara que serían más complicados conseguir en acción real. El efecto indeseado que consiguen es la eliminación absoluta de la fantasía generada por los colores más vivos de la animación tradicional, así como esos movimientos únicos de la película original durante las canciones que hacían uno quiera unirse al baile.

Por un lado tenemos a Simba, Timón y Pumba cantando Hakuna Matata mientras se menean al ritmo de la canción y se columpian de un lado a otro usando lianas, arrojándose al agua, y sonriendo hacia la cuarta pared. Por el otro lado, están los mismos cantando mientras se pasean entre los arbustos y… nada más. Podríamos pensar también en un punto medio en el que eliminan todos los artificios propios de la animación tradicional pero le agregan más movimientos a la cámara para emular la energía de las canciones, pero la búsqueda constante de realismo frena toda emotividad de la narración, y el efecto es simplemente llano. Lo que salva la odisea de su estado soporífero es el trabajo actoral de un elenco que se desempeña como si se tratara de la película original, imprimiendo toda clase de emociones en las voces, lo que en ningún momento se traduce visualmente. Donald Glover tiene la voz de un espíritu joven y libre, mientras que Chiwetel Ejiofor impone la malicia autoritaria de Scar, pero es la jovialidad de Seth Rogen como Pumba y Billy Eichner como Timon la que hace que el viaje sea divertido por momentos. La única adición a la trama que realmente aporta algo interesante es un breve diálogo sobre el estilo de vida nihilista de los animales que viven en el Oasis, y tanto Rogen como Eichner convencen como voceros de esta filosofía.

Así como los anteriores remakes de Disney, este también sufre por las extensiones mayormente insustanciales e innecesarias. La nueva canción de Beyoncé (que está decente como Nala, aunque por lo desaprovechada) es el punto más bajo de todos los elementos nuevos, y parece colocado en un espacio vacío reemplazando la banda sonora de Hans Zimmer a último momento. Imagino que la canción entera poseerá la misma belleza que las canciones de la artista, cuyo talento es innegable, pero en la película tiene el mismo efecto que la nueva canción de Jazmín en el live-action de Aladdin, que tiene una hermosa letra y mensaje, pero cuya inserción en la narrativa se sentía como un paréntesis mal ubicado. Las demás canciones del repertorio, desde «I Just Can’t Wait to Be King» hasta «Can You Feel the Love Tonight» son casi las mismas, con unas repeticiones más y unas líneas nuevas que mantienen la misma esencia y energía, y las voces de los jóvenes JD McCrary y Shahadi Wright Joseph son hermosas e inocentes. El resto del casting cumple su función, sin mucho que destacar, aunque vale indicar la fuerza de James Earl Jones, a pesar de los años.

El nuevo producto de Disney se lleva todos los laureles como el nuevo estándar en animación fotorrealista, y no puedo imaginar ahora mismo las posibilidades que esto trae para el futuro del cine. También vale entrar al debate de por qué hay tanto empeño en hacer todo más «realista», como si la fantasía de lo imposible fuera algo arcaico que debemos dejar atrás, cuando su efecto es perenne. Por otro lado, también estaría bueno hablar de las limitaciones de los «live-action» en comparación con la libertad absoluta de las animaciones, aunque mucho de eso tiene que ver con las decisiones creativas de quienes estén detrás de los proyectos. No se puede negar que hay un mayor impacto en la psicodelia e inverosimilitud de Simon y Nala cantando juntos en la película original, mientras los animales se mueven con gracia y luego terminan aplastando a Zazu, que, en la versión naturalista y austera de esta adaptación, que no invita para nada a trabajar la imaginación. Es esa completa falta de vida lo que hace que este remake se sienta como un cascarón que intenta desesperadamente envolver un regalo que le queda demasiado grande.

Acerca de Emmanuel Báez 2653 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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