‘Pacific Rim: Uprising’, una insípida secuela que desaprovecha una genial mitología

Podría sentarme a ver Pacific Rim y Pacific Rim: Uprising una tras otra, y aun así no podría decir que son dos películas del mismo universo. Una es obra de un autor, y la otra es un trabajo por encargo, y aunque la secuela mantiene algunos de los elementos de la primera película, la sensación es completamente distinta. Es vacía, fría, carente de sentimiento y, lo que es todavía peor -tratándose de una película acerca de gigantescos robots tipo mecha que defienden el planeta de monstruos de otra dimensión- es terriblemente tediosa. Steven S. DeKnight debuta como director en la pantalla grande tras años de encargarse de series de televisión de buena calidad y, con un guion firmado por él mismo y otros tres guionistas, le da un nuevo significado a «desperdicio», tirando por la borda todo lo ofrecido por Guillermo del Toro.

Es cierto que la primera entrega no fue para nada una obra maestra, pero en cada fotograma estaba impresa la pasión del director por el cine que estaba homenajeando. Los guiños, la verosimilitud, los detalles de la mitología, además de que visualmente la película tenía un peso innegable que se sostenía a pesar de un guion cargado de diálogos superficiales, y ni que decir de la textura de los Jaegers y los Kaijus, que se sentían tan reales como lo permitió el presupuesto, lo que últimamente fue la perdición en la taquilla. Todo eso está completamente ausente en una continuación que se convierte en el tipo de películas que del Toro había homenajeado, las ochentosas de bajo presupuesto tipo Robot Jox, con personajes unidimensionales que son tan endebles como exasperantes.

Tomemos, por ejemplo, a una nueva protagonista. La joven Amara, una chica que vive sola en las calles de la ciudad ya desde pequeña, pero que de alguna forma aprendió lo suficiente acerca de ingeniería en robótica como para construir su propio Jaeger, algo que se volvió normal en este universo, a diez años de los eventos finales de la película anterior. Existe una fuerza Jaeger conformada para detener y confiscar máquinas construidas ilegalmente, ya que los Kaijus no volvieron a aparecer desde que se cerró la brecha que unía a ambas dimensiones en el fondo del Océano Pacífico, y los humanos se dedicaron a replicar la tecnología con propósitos criminales (si eso les suena, es porque es similar a la trama de la última película de Transformers). Amara es insoportable, al nivel del niño Anakin Skywalker o básicamente cualquier niño de película que suelen usar para manipular a la audiencia con falso asombro, y la novel Cailee Spaeny es insulsa, aunque mucho no puede hacer con su papel para destacarse.

El problema con el personaje de Amara es que tira por la borda la construcción de la mitología que había presentado del Toro, si bien no fue algo muy rico en detalles, si fue suficiente para comprender el funcionamiento de las distintas organizaciones mencionadas en la trama de la primera película. Pacific Rim presentaba un mundo donde las mentes más brillantes del planeta se habían unido y habían trabajado durante años en la nueva tecnología del programa Jaeger, invirtiendo miles de millones de dólares, haciendo incansables pruebas y pasando por todos los protocolos para tener mechas en funcionamiento. Era sencillamente verosímil, hasta en sus agujeros de guion. Pacific Rim: Uprising presenta a una adolescente con formación callejera que construye un mini-mecha perfectamente funcional y equipado, y el guion no le agrega ningún peso a sus logros. Tal vez era una niña genio, tal vez tuvo ayuda, pero ninguno de sus diálogos exponen sus proezas de manera convincente y su actitud es constantemente monótona.

John Boyega interpreta a Jake Pentecost, hijo del personaje de Idris Elba, que se sacrificó para cerrar la brecha. Su legado no fue beneficioso para el joven Pentecost, que se unió al programa Jaeger pero lo abandonó por falta de disciplina y confianza en sí mismo. Boyega está bien, pero es igualmente uniforme, con un arco demasiado típico como para que resalte. Además, su personificación no es exactamente carismática, sino más juguetona, lo que no ayuda a que la película se sienta menos liviana. Hay una especie de flirteo competitivo que se da entre él y su compañero Nate (Scott Eastwood) por Jules (Adria Arjona), otra piloto, y es un juego que se repite en varias ocasiones, y cuyos remates se vuelven rápidamente fastidiosos. Rinko Kikuchi regresa como Mako Mori, pero la tienen hablando inglés todo el tiempo y resulta muy chocante, y no hay mención alguna del personaje de Charlie Hunnam, si bien este había sobrevivido. El único personaje interesante es el de Charlie Day, que regresa como uno de los dos especialistas en Kaiju, pero tiene un giro que me parece genial y desaprovechado.

Visualmente, la película no es un desastre, pero sí responde a la fórmula cansina de que más es mejor. Los jaegers son más avanzados y ahora hay más de ellos en cada pelea, además de que se mueven con mucha más eficacia en cada batalla. La evolución de la tecnología tiene sentido, pero otra vez carece de peso porque se da sin ningún argumento a favor, lo que provoca que parezca más un retroceso. Esto hace que las secuencias de batalla contra los monstruos parezcan una versión de alto presupuesto de los enfrentamientos entre los megazords de los Power Rangers y sus enemigos colosales, que se movían por tierra sin ningún respeto por la física. No significa que no sean divertidas, pero es un evidente paso hacia atrás en comparación a lo que consiguió del Toro, que había supervisado el trabajo de efectos especiales para asegurarse de que sus creaciones tengan textura y volumen.

Con respecto a la trama, hay una organización china que está por presentar unos drones especialmente diseñados para controlar los Jaegers, lo que eliminaría la necesidad de pilotos en cabina. Por supuesto, una nueva amenaza aparece para probar que el factor humano es sumamente importante y no puede ser reemplazado. Nada novedoso. Hay un grupo de jóvenes aprendices que terminan al mando de las peleas más grandes, lo que otra vez resulta absurdo porque se la pasan más tiempo discutiendo y demostrando inmadurez que practicando o exhibiendo capacidad para estar a la altura de las circunstancias. Básicamente en el mundo de esta secuela, cualquiera puede pilotar un mecha, sin importar el nivel de entrenamiento que haya tenido. Sin sensación de urgencia, la emoción es prácticamente nula, el valor de repetición es inexistente, y la película desaparece de la memoria sin ningún efecto colateral.

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Acerca de Emmanuel Báez 2653 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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