‘Midsommar’, un alucinante espectáculo de locura y extravagancia

CRÍTICA CON SPOILERS

El final de algo significativo en nuestras vidas puede ser algo difícil de digerir, más aún si esta conclusión no depende de nosotros, y los momentos que siguen pueden observarse como una traba en el pasado o la oportunidad de comenzar algo nuevo. Fue el final de una tormentosa relación lo que llevó a Ari Aster a escribir y dirigir Midsommar, un magnífico carnaval de extravagancia y locura en el que personifica e impregna el dolor, la agonía y la posterior sensación de liberación y superación que experimentó en carne propia, todo esto a través de los ojos de Dani (increíble Florence Pugh), reciente víctima de una espeluznante tragedia familiar, que la deja devastada y al borde de un quiebre emocional. Su único soporte es su novio Christian (Jack Reynor), quién dejó de amarla —si alguna vez lo hizo— hace mucho tiempo, y con el que se enfrenta a una inminente ruptura. Dani acompaña a Christian y sus amigos de la universidad Josh (William Jackson Harper) y Mark (Will Poulter) a un festival en Hälsingland, Suecia, que se celebra cada 90 años en el solsticio de verano, al que fueron invitados por su compañero Pelle (Vilhelm Blomgren), quién forma parte de la comunidad Hårga, anfitriones del festival.

Así como en la aclamada Hereditary (2018), Aster utiliza el duelo como una excusa para entrever la complejidad de las relaciones interpersonales, y como afectan los pensamientos, decisiones y acciones de los protagonistas. En ambas películas, vemos como los lazos amorosos se destruyen, dando lugar a la culpa, el rencor y la desesperación. Luego de la brutal apertura de la cinta, el espectador es capaz de ver, a través de una pocas líneas, miradas y tonos de voz, lo tóxico de la relación de Dani y Christian: la extenuada dependencia emocional de ella, la ausencia de honestidad y comprensión de él, e incluso la completa falta de empatía del círculo social de Christian con Dani. Con unos pocos minutos, Aster dibuja a personajes más contundentes que en la mayor parte de las películas de terror, a excepción tal vez de Mark, que cae un poco en los estereotipos. Y si Hereditary estaba llena de una atmósfera lúgubre y claustrofóbica, en Midsommar el idílico paisaje se convierte en un personaje más, con cada escena acompañada de los pacíficos bosques y prados, el ameno cielo azul y las alegres flores que parecen contraponerse adrede con el interior de Dani, quién se reprime a sí misma en el pánico, la ansiedad y la angustia ante la completa falta de apoyo emocional por parte de su único apeo.

En donde Dani sí encuentra empatía es en la comunidad Hårga. Pelle, el único de los amigos de Christian que parece tener algún interés en Dani, la convence de viajar con ellos, y le explica, en una de las escenas más íntimas de la película, que a pesar de haber sufrido una tragedia muy similar a la de ella, él nunca tuvo la oportunidad de sentirse perdido, porque encontró una familia en Hårga que lo recibió y lo acogió, y nunca ellos discutían sobre lo que era suyo y lo que no. Para cuando Dani es coronada Reina de Mayo, nos damos cuenta de los Hårga son su familia mucho más de lo que Christian, sus amigos o incluso su propia familia jamás lo fue. Se preocupan por su bienestar e incluirla en sus tradiciones, que, después de todo, es lo que hace una familia. En una de las escenas más inquietantes de la cinta, Dani sufre de un colapso nervioso en el que grita con toda la fuerza de sus pulmones, y en lugar de consolarla, las chicas del Hårga entienden su dolor y su agonía, y gritan con ella, esperando, tal vez, que si comparten el dolor, este será menos intenso.

Con un final tan catártico como escalofriante al puro estilo de The Wicker Man (1973), la influencia más notable de la película, el viaje termina con todas las piezas en su lugar, incluso el humor negro, pues algunas de sus secuencias más cruciales, como la gastronomía antropofágica o el bizarro ritual sexual, podrían haberse visto afectadas sino fuera por la excepcional mano de su realizador. Aster sabe lo quiere contar y su esencia está sellada en cada escena, acompañada de la estilizada y vertiginosa fotografía de Pawel Pogorzelski y la inquietante banda sonora de Bobby Krlic. El terror se cocina a fuego lento, sí, pero el platillo es exquisito. Con dos horas y media de duración, a Midsommar no le sobra ninguna escena o línea de diálogo, demostrando así la firmeza del talento de Ari Aster, y colocándolo entre los más grandes referentes del cine de terror actual.

Acerca de Maximiliano Núñez 107 Articles
Estudiante de comunicación. Escritor ocasional, aficionado al arte y amante del cine independiente.

Sé el primero en comentar!

Deja un comentario :D