‘Matar a Un Muerto’, el horror que no debemos olvidar

El terror que cala más profundo en la psique humana es aquel que no tiene un rostro definido y puede manifestarse de formas poco coherentes de acuerdo al estado mental de quien lo experimenta. En el caso de Pastor, el horror tiene la forma de un perro salvaje de ojos rojos que lo acecha constantemente entre los árboles, acercándose cada vez más mientras empieza a resquebrajarse su cordura. Es la culpa que no lo abandona desde la primera vez que cometió un asesinato, y que ahora golpea más fuerte con el nefasto trabajo que debe realizar, enterrando cuerpos en algún lugar del bosque, en plena dictadura de Stroessner. Con él está Dionisio, un joven ingenuo que se ve forzado a ejecutar la parte más laboriosa, cavando las fosas y cubriéndolas después con cal para evitar que los animales salvajes desentierren los cuerpos. Se aferra a su cordura pensando en la Copa del Mundo que se está llevando a cabo en ese momento en Argentina.

Escrita y dirigida por Hugo Giménez, Matar a un Muerto es una película paraguaya que ofrece una mirada cercana a las atrocidades cometidas durante la larga dictadura de Stroessner. En la macabra obra denominada Plan Cóndor, es la historia de los hombres que se encargaban de limpiar el escenario después de cada acto macabro, sin conocer jamás a los autores, pero atados a los bastidores sin posibilidad de escapar por ninguna de las puertas laterales. Desde el principio, Pastor y Dionisio tienen el destino sellado, y tarde o temprano pasarán también a formar parte del elenco como personajes extras cuyos nombres quedarán enterrados en los libros del Archivo del Terror. Es lo que genera una tenue niebla de zozobra en la ópera prima de Giménez, pero el respeto con el que el realizador encara el delicado tema ayuda a que no se sienta jamás explotadora.

Ambos peones atraviesan la rutina diaria mientras el tiempo y el espacio se pierden entre la espesura, llevándose cada día un poco de la esperanza que se puede vislumbrar en el borde de los ojos de Dionisio, así como en la comisura de sus labios cuando se dibuja una leve sonrisa al recibir alguna información sobre la Copa del Mundo de 1978. En los ojos de Pastor ya no queda nada de ilusiones, solo lejanos recuerdos de lo que alguna vez fue su vida, y de lo que podría haber sido en otras circunstancias. La rutina se ve interrumpida cuando uno de los «paquetes» que reciben muestra signos de vida: un hombre de nacionalidad argentina que parece haberse salvado a causa de una epilepsia, lo que pudo haber confundido a sus captores y ejecutores. ¿Qué habrá hecho él? Nadie lo sabe y la película no lo expone porque no es realmente relevante. Giménez no está interesado en responder preguntas, sino en presentar una ventana a un lugar y momento de la historia, como un cuadro expuesto sin descripción, dejando que el espectador forme su propia interpretación.

Es por eso también que el conflicto moral no es tan importante, ya que la mirada autoral del realizador se inclina más hacia una reflexión general. No se puede hablar de una trama propiamente dicha ya que la película no forma una estructura del todo convencional. La economía en los diálogos y los silencios expresan emociones y sentimientos truncados, entre los que resaltan el miedo a la muerte y una incertidumbre espiritualista, también a través de la superstición. A medida que el dilema de matar o no aumenta la tensión entre los individuos, la película recurre a un montaje confuso con algunas elipsis mal ejecutadas, o tal vez esa sea la intención del director, que busca evocar la sensación de desorientación que experimentan ellos en el medio de la nada. Un mejor uso de los planos podría haber aclarado ese objetivo, ya que la ambigüedad allí parece más producto de una mala ejecución.

Ever Enciso y Aníbal Ortiz cumplen con la parte actoral, perdiéndose convincentemente ambos en el cansancio y el desasosiego y, posteriormente, en la resignación. Jorge Román tiene una mirada más enajenada hasta cuando intenta rogar por su vida, como si el alma ya se le hubiera muerto mucho antes de llegar a ese lugar. La fotografía de Hugo Colace destaca a los personajes cuando quieren que sintamos de cerca lo que ellos están sintiendo, y luego los pierde entre la maleza, adelantando el destino final que sufrirán, aunque la película no necesita ser explícita en ese sentido. Todo lo que necesita es un plano de tres tumbas cuando empieza una fuerte lluvia y otro plano de los tres hombres atrapados bajo techo y en silencio, mientras se pintan los últimos trazos de un cuadro que jamás debemos olvidar.

Acerca de Emmanuel Báez 2692 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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