‘La Maldición de Bly Manor’, los fantasmas de la culpa

«¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizá, algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.»

Las primeras líneas de El Espinazo del Diablo de Guillermo del Toro resumen una historia de fantasmas que no es para nada el típico cuento de terror occidental, sino una alegoría acerca de cómo la muerte nos acompaña en la vida. La Maldición de Bly Manor se puede resumir con la misma poesía, ya que explora los sentimientos que nos atan a la mortalidad y cómo nos pueden escoltar al pasar el velo. A pesar de las expectativas impulsadas por el éxito de La Maldición de Hill House, esta continuación antológica es principalmente una historia trágica de amor en la que los personajes se encuentran atrapados en ámbar, casi borrosos, suspendidos en el tiempo balanceándose entre simplemente existir y vivir plenamente. Vivir enfrentando el miedo a la muerte, o vivir como fantasmas. Los sustos son totalmente secundarios.

La secuela antológica se asemeja a la primera mini-serie en los escenarios y algunos actores, pero fuera de eso es una historia completamente diferente, con un enfoque más romántico y un desarrollo mucho más emocional, en el que el «factor miedo» es casi un efecto colateral devenido de la tragedia y el desasosiego, dos elementos recurrentes en los nueve episodios. La trama se sitúa en 1987 en Essex, Inglaterra, y sigue principalmente a una au pair llamada Dani Clayton (Victoria Pedretti), que accede a cuidar a dos huérfanos, la pequeña Flora (Amelie Bea Smith), y su hermano mayor Miles (Benjamin Evan Ainsworth), que se quedaron sin padres hace dos años. La desgracia se acrecentó en sus vidas cuando la anterior au pair, la Srta. Jessel (Tahirah Sharif), se suicidó un año antes tras un desencanto amoroso que la dejó destrozada.

El aspecto más interesante de la historia es que no se trata de una casa embrujada en el sentido más tradicional de la expresión, sino que las manifestaciones fantasmagóricas tienen que ver con profundos sentimientos que experimentan los protagonistas, siendo el más profundo de esos la culpa. Así seguimos a Dani, que llega desde EE.UU. buscando una nueva vida luego de ser maestra de demasiados niños, aunque ya se revela al principio que los espectros con los que ella tendrá que lidiar son propios, y están ligados a un evento del pasado que la afectó intensamente. La culpa es el sentimiento catalizador de todos los males que ocurren en la Mansión Bly, y también afecta al tío de los niños, Henry Wingrave (Henry Thomas), que por alguna razón no se comunica con los chicos directamente desde que sucedió el accidente donde falleció su hermano y su cuñada.

En la mansión trabajan la ama de llaves, Hannah Grose (T’Nia Miller), el cocinero Owen (Rahul Kohli), y la jardinera Jamie (Amelia Eve), y todos tienen su desarrollo pertinente, y también tienen un pasado que de alguna u otra manera se asocia a la culpa. Owen volvió de Francia a Inglaterra para cuidar a su madre, que sufre de demencia; Jamie sufrió demasiadas decepciones a causa de la intolerancia por su inclinación sexual, y la Sra. Grose también sufrió un desengaño amoroso. Ella tiene mayor desarrollo en el mejor episodio de la mini-serie, donde se revela la naturaleza de su situación, desde el pasado hasta el presente, presentándose en una vorágine de tiempo y espacio que es tan confusa como descorazonadora. La interpretación de Miller es de las más sensibles y sutiles, evocando una tormenta de emociones con una exquisitez encomiable.

El resto de las actuaciones son sobrias y están bien enmarcadas. Pedretti como la joven au pair trae sus propios demonios internos, y debe luchar no sólo contra eso, sino también contra lo que causó que se aparezca constantemente en los espejos, recordándole que siempre habrá una sombra oscura si no se enfrenta a sus acciones pasadas. Siendo el personaje central de toda la tragedia, lleva la serie a cuestas sin destacarse especialmente, pero con solvencia, y es fácil apoyarla a pesar de sus defectos porque transmite seguridad y simpatía, especialmente en su trato con los niños. Los mismos convencen como los típicos niños de relato de terror, de caracterización misteriosa pero efectiva, balanceándose bien entre ser adorables e inquietantes. Ambos son actore noveles, aunque logran disfrazar la inexperiencia con la complicada naturaleza de sus personajes, dos niños que sobrevivieron a más adversidades de lo que tendría que sufrir cualquier niño normal.

Mike Flanagan vuelve a tomar crédito de creador de la serie, pero la lista de guionistas es larga y todos logran desarrollar los misterios con una congruencia notable, aunque no están libres de pecar con los clichés necesarios para que la mini-serie pueda catalogarse como de terror, como personajes caminando por la gigantesca casa de noche sin encender las luces. Después de tanto tiempo, y tantas convenciones del género, creo que ya no hay excusas para que los personajes simplemente marquen casilla de acciones que deben hacer para causar pavor ya que la verosimilitud queda fracturada. La casona en sí resulta imponente, y la fotografía tanto diurna como nocturna siempre insinúa una elegancia que acompaña.

La serie no tiene un villano propiamente dicho, aunque si hay una figura antagónica con el nombre de Peter Quint (un soberbio Oliver Jackson-Cohen repitiendo su papel de El Hombre Invisible), que trabajaba como asistente del tío Henry, aunque desapareció luego de cometer un delito. Aparentemente es el nuevo chico malo de Hollywood, contando con apenas diez años de trabajos que conforman mayormente episodios de televisión. Su rol en el film de terror con Elisabeth Moss es definitivamente uno de los más escalofriantes de los últimos años, y en esta serie hace una extensión de su mismo personaje, lo que lo vuelve predecible, pero no por eso menos efectivo.

También en la tradición del cine de terror japonés, La Maldición de Bly Manor comenta sobre la insondabilidad de los sentimientos y cómo estos pueden llegar a ser tan poderosos, que son capaces de tener efectos inesperados hasta después de la muerte. Si bien mayormente hay presencias tenebrosas abstractas, también hay fantasmas en el sentido literal, aunque estos siguen atados a los temas principales de la obra: la culpa, y por extensión, la rabia y otras emociones negativas asociadas, como traumas de la infancia o miedos profundos que aquejan y dificultan ver con claridad. No sé si haya sido la intención de los realizadores, pero también hay una desgarradora alegoría sobre la demencia, y sobre la relevancia de seguir contando historias para no olvidar los horrores del pasado, buscando evitar que sean eventos terribles condenados a repetirse una y otra vez. Los nueve episodios ameritan una discusión minuciosa, y estimo que los que esperan más terror como la primera temporada podrían quedar descolocados, pero así mismo se puede argumentar que hay otra clase de terror menos evidente en esta historia que puede llegar a tener un efecto mucho más duradero.

Acerca de Emmanuel Báez 2709 Articles
Editor en Jefe y Crítico de Cine. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society. Miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix. Jurado Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2018.

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