‘Historia de un Matrimonio’, una luz al final del túnel

Hay eventos en la vida que pueden llegar a sacar la peor faceta de cada uno. En Historia de un Matrimonio de Noah Baumbach, ese evento es el divorcio de Charlie (Adam Driver) y Nicole (Scarlett Johansson), dos personas que se encuentran en un punto en sus vidas que no habían imaginado, pero que deben enfrentar de alguna u otra forma. El relato es abrumador en todos los aspectos cinematográficos y temáticos, desde la forma en la que Baumbach presenta a sus protagonistas y luego va destripando la fachada en la que vivían, hasta los embrollos legales que debe atravesar la pareja durante la separación y el divorcio, al menos en lo que respecta a las leyes norteamericanas. No le desearía a nadie tener que pasar por esto justamente en Los Ángeles, California, y con esta clase de abogados.

Durante una conversación entre Charlie y su abogado Bert Spitz (interpretado humildemente por Alan Alda), este último le notifica que también deberá pagar una parte de la abogada de Nicole en todo el proceso. La respuesta incrédula de Charlie es una pizca de humor que Baumbach agrega porque sabe, como muy pocos realizadores, encontrar el momento gracioso en medio de situaciones extremadamente delicadas, pero sumamente humanas, generando así una reacción realista que evoca un torbellino de emociones. ¿Cómo algo puede ser tan frágil y complicado, y al mismo tiempo esperanzador y gracioso? Baumbach retrata las diferentes aristas de una vida real, alejada de las convenciones hollywoodenses, y nos recuerda que ningún otro arte lo refleja tan bien como el cine.

El director también saca lo mejor de Driver y Johansson, que ya probaron suficiente que son actores a la altura de cualquier clase de trabajo, tan dinámicos como dedicados, aunque esta tal vez sea la actuación más madura y compleja de Driver. En lo narrativo, la balanza se inclina hacia su lado porque el rol de pareja que llevan es uno bastante tradicional. Charlie es el director de una compañía de teatro en Nueva York, y se encuentra reacio a dejar el proyecto para mudarse a Los Angeles, donde Nicole reside actualmente con el hijo de ambos, aprovechando la oportunidad de protagonizar una serie televisiva. El guion de Baumbach no lo presenta de forma tan positiva, aunque sí le ofrece un mayor rango para demostrar todo lo que puede, abriendo su pecho como pocos actores en roles similares, mostrándose vulnerable y lastimado. Nada de eso quita el hecho de que su personaje tiene un grado de imbecilidad que no está muy alejado del abuso emocional, pero Driver es tan perfecto en el papel, que resulta difícil no sentirse tocado por su experiencia.

Johansson está igualmente despojada de todo elemento de embellecimiento superficial, lo que agrega una capa más de realismo a su personaje, y si bien este es un comentario básico con respecto a su interpretación, no se puede negar que es un factor importante teniendo en cuenta cómo se suelen ver los personajes femeninos en películas dramáticas de esta clase. No importa que tan natural estén buscando representar a la mujer, siempre es evidente que la actriz en cuestión cuenta con una o dos capas de maquillaje. Históricamente, los hombres podían mostrarse más naturales en esta clase de caracterizaciones, pero en la mayoría de los casos, las mujeres debían mostrarse primero bellas, y después, humanas. Esta búsqueda de ultra-realismo de Baumbach hace que todo sea más poderoso e impactante, en especial el monólogo de cinco minutos de Johansson en el que relata su relación con Charlie y en varios primeros planos deja ver las ojeras que lleva de haber llorado demasiado.

Este acercamiento de estilo documental solidifica la visión de naturalidad del realizador, que se apoya en el teatro para permitir a sus actores desempeñarse de forma fluida. En las conversaciones o situaciones más relajadas, el montaje es un poco más normal, pero en discusiones e intercambios más engorrosos, Baumbach utiliza la menor cantidad de planos posibles, dejando al espectador en una posición incómoda de estar siendo testigo de una pelea real, sin posibilidad de poder hacer nada al respecto sino juzgar. La cámara se mantiene compasiva, como una ventana a la vida de estas personas, y en ningún momento apunta el dedo hacia ningún lado porque entiende que toda la situación es complicada y no se puede resolver con simplificaciones de ninguna clase ni decisiones tomadas a las apuradas.

Como película apoyada en los hombros de sus actores, los secundarios tampoco decepcionan. Laura Dern interpreta a Nora, la abogada de Nicole, y si bien su interpretación es fantástica, su personaje se pierde un poco en el lado menos verosímil del desarrollo. Tienen un pequeño monólogo acerca del rol de la mujer y la culpa de la religión, que es genial por su contenido, pero no así en la ejecución, que se siente forzada. Ray Liotta interpreta a Jay, un abogado despiadado que Charlie termina contratando solamente porque buscaba «su propio imbécil», y Liotta, como pocos actores, encaja perfecto en esas descripciones. Finalmente está el pequeño Azhy Robertson, que hace del hijo de Charlie y Nicole, y consigue elevar la tensión de la relación de los adultos con una actuación suficientemente orgánica y confundida. La presencia del hijo complica todavía más, porque exige a ambos padres a pelear por un punto medio, y así también revela el lado más oscuro de los dos. «Un divorcio con un hijo es como una muerte sin cadáver», le dice Alan Alda a Driver, pero Baumbach se asegura de demostrar de que el divorcio no es el final de las cosas, sino una transición, culminando su tesis con que todo el suplicio puede dar lugar a algo bueno.

Acerca de Emmanuel Báez 2675 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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