‘Había Una Vez en Hollywood’, un viaje en el tiempo y el espacio al estilo Tarantino

Es fácil encontrar películas que tengan como protagonistas a artistas cuyas carreras se encuentran en declive, pero una donde el protagonista principal viva y trabaje en una de las mejores épocas del cine y tenga la oportunidad de cruzarse con algunos de los rostros más memorables de la pantalla, es algo que solamente se le podría ocurrir a Quentin Tarantino. En 1969 -año en que se sitúa la historia de Había Una Vez en Hollywood-, el director tenía seis años, pero es sabido que es una de sus eras favoritas del cine, así que tiene todo el sentido del mundo que haya decidido vivirla a través de su propia creación, cumpliendo de alguna manera un sueño imposible, y es que, a diferencia de la mayoría de las películas ambientadas en épocas pasadas, su noveno largometraje realmente es una máquina del tiempo, porque no es solamente acerca de los personajes que pueblan la historia, sino también acerca de los escenarios que estos recorren, y lo que estos lugares significan tanto para ellos, como para el director.

Cuando Cliff Booth (Brad Pitt) deja a Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) en su casa luego de un día de muchas emociones, este atraviesa toda la ciudad hasta llegar a su pequeño trailer instalado al costado de un autocine bien alejado del bullicio urbano. En cualquier otra película, su retorno se hubiera cerrado con una elipsis sencilla, pero Tarantino quiere pasearse por las calles californianas y hace que Cliff haga todo el viaje, dejando que el espectador se vaya metiendo en la película más allá de los personajes, sintiendo el ruido de las calles, escuchando las canciones bien seleccionadas de la época, admirando las viejas marquesinas, y asombrándose por la lejana magia de una película siendo proyectada al aire libre mientras un centenar de personas la ven desde sus vehículos estacionados. La escena termina cuando la luz del proyector golpea directamente a la cámara, como anunciando la fusión entre realidad y ficción que se está llevando a cabo.

Es una secuencia hermosa que, en un primer visionado, podría no tener tanto sentido más allá de ver como Pitt disfruta un papel que lo coloca fácilmente de vuelta en el podio de sex symbol como ninguno de sus trabajos desde Mr. and Ms. Smith. En esta película interpreta a un doble de riesgo que lleva toda su carrera trabajando para Dalton, aunque durante los últimos años se desempeñó más como su empleado de carácter misceláneo, fungiendo de chofer y técnico de televisión cuando hacía falta. Estas actividades las realiza sin ningún problema ya que la amistad entre ambos es de esos lazos que existen sin que nadie manifieste nada al respecto de forma explícita. Dalton no se imagina una vida sin la compañía de Cliff, y este realmente haría lo que sea por el actor, aunque ninguno de los dos sea capaz de sentarse a hablar sobre eso porque eso sería meterse de lleno en una discusión sobre emociones y sentimientos que ninguno de los dos quiere afrontar.

Esto último es especialmente duro para Dalton, que descubre al inicio de la historia como su carrera se estuvo convirtiendo en una farsa en los últimos años, habiendo pasado de ser uno de los actores más renombrados de Hollywood a un rostro secundario que solamente es llamado para ser el villano de turno de todas las nuevas series de televisión. DiCaprio entrega uno de sus trabajos más emotivos, dinámicos, y simplemente sobrios de toda su carrera, retratando a un artista en decadencia con sutilezas y obviedades que construyen un todo sumamente interesante. Hay rabia y tristeza en el borde de sus ojos durante la primera mitad de la película, y sus lamentos se sienten como los de un hombre que no puede creer el estado en que se encuentra después de haber sido una figura glamorosa durante tanto tiempo. Su forma de hablar se interrumpe constantemente por un leve tartamudeo que desaparece cuando debe meterse de lleno en un papel, pero que no puede evitar cuando vuelve a ser él mismo, con todas las inseguridades y debilidades que intenta ocultar con un cigarrillo o una petaca cargada de cualquier clase de alcohol.

Hay una tercera figura de suma importancia en la película, y es la de Sharon Tate (Margot Robbie), que a diferencia de Booth y Dalton, no es realmente un personaje tridimensional, sino más bien un concepto o un sueño de una realidad desconocida. Al principio solamente la vemos a través del ojo de Dalton cuando llega a la nueva mansión junto a un consagrado Roman Polanski (Rafal Zawierucha), pero después también la acompañamos a una fiesta en la mansión Playboy y un paseo por las calles de la ciudad donde termina entrando a una proyección de The Wrecking Crew. Allí se sitúa adelante de la mayoría de los espectadores, deleitándose con las risas que la comedia provoca en ellos, especialmente las situaciones que ella protagoniza. La belleza angelical de Robbie es aprovechada al máximo para evocar, a través de Tate, una época más sencilla y la fantasía de mejores tiempos, alejando a la actriz del trágico recuerdo que la mayoría tiene de ella en el mundo real.

Podría ser simplemente la historia de un actor y su mejor amigo buscando nuevas oportunidades para volver al ruedo, pero es importante entender que Tarantino quiere ir mucho más allá de los personajes, agregando anécdotas como la que cuenta Steve McQueen (Damian Lewis) durante la fiesta, o el flashback donde Cliff pelea contra Bruce Lee (Mike Moh), o el flashback dentro del flashback donde Tarantino mete una incógnita no respondida con respecto al pasado de Cliff. Todas estas historias también forman parte del Hollywood de antaño que el director desea que se sientan reales, porque más que un retrato, para él es una realidad alternativa que está documentando. Así es como sus típicos planos cenitales que suelen recorrer los escenarios en esta ocasión adquieren un poder diferente, como el de una deidad controlando su historia. Algunos de estos agregados no funcionan, en especial el de Bruce Lee, que es presentado como una caricatura, destripada de su status de leyenda, algo extraño para un director que tanto respeta y admira a las figuras de la época.

La inserción de la subtrama relacionada a la comunidad hippie tampoco tiene la fuerza al principio, y la película podría haber funcionado de igual manera si se establecía más tarde en la historia, lo que expone un poco la ausencia de Sally Menke, que creo que tenía más controlado al director a la hora de montar la película. Esta es la segunda colaboración de Tarantino con el editor Fred Raskin, con quien ya trabajó en The Hateful Eight, que sí sufría su duración innecesaria. Esta película no tiene ese problema, ya que el ritmo se maneja bastante bien, pero sí se siente como que se podría haber contado lo mismo, con toda la realidad y la ficción entremezclada, en menos tiempo. De igual manera, es el trabajo de un director consolidado que demuestra con madurez el amor al cine que tanto profesa, y que no podría haber hecho de esta manera una década atrás. Innegablemente, todos los caminos de Tarantino llevaron a Había Una Vez en Hollywood.

Acerca de Emmanuel Báez 2655 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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