‘Giant Little Ones’, amor sin etiquetas ni arrepentimientos

Luego de 15 años de ausencia en la escena cinematográfica, el director Keith Berhman regresa con Giant Little Ones, una película independiente que es excepcionalmente grande comparada con su limitada popularidad, pero otra vez, es una curiosa contradicción que siempre encontramos en el cine independiente. Giant Little Ones nos presenta un escenario que aparenta preceder a una típica historia del chico que enfrenta sus miedos y prejuicios, y se acepta tal como es durante la adolescencia (Love, Simon, Alex Strangelove, Moonlight).

Franky (Josh Wiggins) y Ballas (Darren Mann) son mejores amigos desde la infancia. Tras una noche de excesos en la fiesta de cumpleaños número 17 de Franky, los amigos tienen un inesperado encuentro que altera su amistad, sus vidas y sus familias dramáticamente. Ninguno de ellos es homosexual, pero Ballas, incitado por su novia, expande la historia de que fue Franky el que tuvo lo acosó aquella noche. Marginado por sus compañeros, Franky se refugia en la amistad de Natasha (Taylor Hickson), la hermana menor de Ballas, de quién rápidamente se enamora.

Bien podríamos predecir el final de esta historia, si no fuera por el sorprendente guion firmado por Berhman, que recorre la historia como si la hubiera vivido el mismo. En la cinta solo vemos a dos personajes abiertamente homosexuales: la mejor amiga de Franky, Mouse (Niamh Wilson), que está obesionada por darse un look más masculino y roba varias escenas de la película, y Ray (Kyle MacLahlan), el padre de Franky, que se divorció de su madre Carly (Maria Bello) tras descubrir su sexualidad bien entrado el matrimonio, lo que dificultó mucho la relación con su hijo.

Sin embargo, la constante presencia de ellos en la cinta acompañando a Franky y Ballas tras su incidente y posterior enemistad es la base sobre la que Berhman construye su mensaje hacia el espectador: en lugar de presionar a los personajes a aceptarse a sí mismos, les abre un mundo de posibilidades en el que no son necesarias las etiquetas para vivir plenamente la sexualidad. y es esta declaración lo que distingue a Giant Little Ones como superior a las demás películas de similar calibre que estuvimos viendo en la última década.

Por supuesto, Berhman no hace todo el trabajo solo. El elenco es – y me estoy quedando corto – simplemente espectacular. Tanto Wiggins como Mann interpretan sus roles con una tensión natural y nada forzada, que es creíble hasta el último momento. En el resto del elenco se destaca Kyle MacLahlan como el padre de Franky, Ray, que siente impotencia ante las dificultades que pasa su hijo. El momento en el que padre e hijo charlan – en un clóset – tiene las mejores líneas de la película, en especial cuando Ray le aconseja a su hijo que simplemente preste atención por quién se siente atraído, y no en como etiquetarlo llegado ese punto.

En cuánto al misterioso final, que dejará a más de uno con la duda existencial, solo puedo decir que fue el toque perfecto a una película que ya lo era desde un principio. Giant Little Ones es una sorprendente declaración de principios que deberían regir nuestra forma de relacionarnos con las demás personas. Espero que después de verla, los espectadores estén menos preocupados por cómo se definen o etiquetan a sí mismos y a los demás, y sean más conscientes de su propia felicidad.

Acerca de Maximiliano Núñez 105 Articles
Escritor ocasional, aficionado al arte y amante del cine independiente.

2 Comentarios

  1. Según yo el final es que finalmente se dio cuenta de que le gusta y por eso la película vuelve al principio. El vuelve a natación porque no se oculta y se para delante de Ballas como diciéndole aquí estoy yo no me tengo miedo al contrario que tu, finalmente le devuelve la bicicleta y el collar dando fin a su periodo de enemistad y comienza a tirar las ventanas porque joder… Aquí estoy yo Ballas y puede que me gustes tu o puede que me guste tu hermana. No me importa ahora. Ahora simplemente soy yo.

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