‘El Supremo Manuscrito’ es un desastre incomprensible

Analizar las películas paraguayas se está haciendo tedioso. En algunos casos se puede separar la buena intención del producto final, y en otros parece que no hay ni buenas intenciones ni algo que podría llamarse un producto final, como es el caso de El Supremo Manuscrito, dirigido por Jorge Diaz de Bedoya y Michael Kovich Jr., que tiene una de las tramas más confusas del cine paraguayo reciente. Otras producciones nacionales al menos se acercaron a tener algo parecido a una estructura discernible, pero lo conseguido con esta película es algo especial: no es del tipo de película mala que resulta infumable o soporífera, sino del tipo que fascina por las decisiones narrativas que no se pueden comprender. Fácilmente queda en la categoría de trabajos que sirven para enseñar en las escuelas de cine señalando todo lo que no se debe hacer, y al menos no es Hospital de Pobres, Santificar Lo Profano o Gritos del Monday, que me perdieron después de pocos minutos.

La película empieza con un prólogo textual donde se explica la importancia cultural de Augusto Roa Bastos, y su obra más grande, Yo, El Supremo, considerado por muchos como el libro más grande de la literatura paraguaya. Son como tres o cuatro párrafos que se desplazan con la lentitud necesaria para que puedan ser leídas por un niño de cinco años. Qué considerados. Le sigue un breve material de archivo del propio Roa Bastos; una escena ambientada en la ciudad de Buenos Aires a mediados de los años setenta y; una secuencia de créditos con videos de archivo donde se ve mayormente al dictador Alfredo Stroessner en diferentes reuniones y clips noticiosos. Es posible que no haya ocurrido de tal manera y en ese orden, ya que la película casi se desvanece de mi memoria después de unos días, pero poco o nada de lo que ocurre después de 10 minutos tiene relevancia alguna en la trama, y eso ya es mucho considerando que la película dura poco más de ochenta minutos.

Es cuando empieza realmente la historia -por decirlo de alguna manera-, que se pone interesante. Hay una subasta a la que acude gente de alta alcurnia y donde se rematan objetos de gran valor como pinturas o esculturas, y donde un renombrado pero misterioso coleccionista presenta el supuesto manuscrito original de Yo, El Supremo. Una mujer joven se aparece y ofrece la mayor cantidad de dinero, trescientos mil dólares americanos, ganando la obra por sobre otras ofertas (la oferta anterior era de cien mil dólares menos, revelando que es una pésima compradora). El misterio se pone en marcha cuando se revela que el manuscrito es falso, y que el original fue robado. Pronto llega la asistente de fiscal Valeria (interpretada por Andrea Quattrochi en un rol muy similar al que tuvo en Leal, confirmando así el Universo Cinematográfico de Malas Películas Paraguayas), e inicia la investigación.

El coleccionista Anton Remianiuk (Fernando Abadie) y la elegante joven Ana Morel (Sandra Guillén) permanecen juntos mientras se lleva a cabo la pesquisa. Ella dice ser enviada por el Embajador paraguayo en Francia y poseer altos conocimientos en manuscritos, aunque su actuar parece ocultar algo. Luego se hace evidente que no es el personaje, sino Guillén, que debuta como actriz con esta película y no parece acertar más de una expresión. Abadie, por su parte, tiene el carisma de un actor de telenovela mexicana, y me dejó esperando algún primer plano repentino con una mirada al horizonte lejano. La investigación de la desaparición del manuscrito se ve constantemente entorpecida por la fiscal Amalia, y la actuación de Claudia Scavone también se presta a la confusión, ya que es obvio que la fiscal tiene motivos ulteriores. Entonces, ¿es la fiscal la que esconde de mala manera sus intenciones corruptas o es Scavone la que ofrece una paupérrima actuación? Me inclino a pensar que es lo segundo.

El desarrollo de la trama se da a trompicones y con el uso constante del recurso del montaje paralelo que no tiene razón de ser. Es obvio que hay inspiración en mejores thrillers, pero la ejecución no pasa de ser infantil, como cuando alguien aprende recién una técnica pero no acudió a clases cuando se explicó que las cosas no se pueden hacer simplemente porque sí, sino que deben tener una justificación. Así es como hay cuatro o cinco escenas que se llevan a cabo al mismo tiempo que otras, sin que estas compartan nada en común, excepto las personas que están siendo nombradas, y nada más. Los cortes solo provocan distracción, y después de la segunda vez ya caen en la autoparodia. Luego hay espacios vacíos que tal vez quisieron hacer pasar por elipsis, pero da la sensación de que hay un montón de escenas que no se llegaron a filmar, además de la ausencia de planos básicos durante momentos claves, lo que solo aumenta la confusión.

El guion firmado por Javier Viveros parte de una premisa interesante: las vidas de varias personas se van entrelazando luego del robo de un objeto de gran importancia histórica y cultural, revelando un laberinto de corrupción y ambición. Sin embargo, con un nulo desarrollo de personajes, resulta imposible interesarse en nada de lo que ocurre, aunque es difícil juzgar el guion cuando la dirección es desordenada y las escenas se suceden con poca cohesión. La asistente de fiscal se pasa toda la película investigando, pero al final descubre algo de suma importancia contactando a un compañero que trabaja en EE.UU., haciendo que toda su investigación (y por ende, la película misma) no sirva de nada. Tampoco se entiende qué quisieron hacer con el personaje de Remianiuk, que revela ser simpatizante de Stroessner y otras dictaduras, aunque la cámara es benevolente y la película jamás lo denuncia. Luego del robo del manuscrito, una reportera le pregunta si reivindica la dictadura, y aunque él no responde, la película claramente lo hace. No sé si pensar que Viveros o algunos de los directores simplemente no entienden el tipo de protagonista que tiene la película o si ellos mismos tienen alguna afinidad con esa mirada política. Prefiero pensar en lo primero.

En una entrevista leí que la intención de la película no es hacer homenaje, sino memoria, teniendo en cuenta todo lo que sufrió Roa Bastos durante la dictadura de Stroessner. Sin embargo, el hecho de que sea el renombrado escritor tiene muy poca incidencia en la trama. Bien podría haber sido cualquier otra obra ficticia, o hasta inclusive un macguffin, y el resultado hubiera sido el mismo: una mala película con personajes unidimensionales, pésimas actuaciones, y una dirección novata. La única memoria que invita a hacer es la de recordar mejores películas que uno podría haber visto en vez de perder el tiempo con esta.

Acerca de Emmanuel Báez 2662 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

6 Comentarios

  1. No estoy para nada de acuerdo con la crítica a la película, la filmación es en la ciudad de Encarnación y no Buenos Aires. Sólo para quien no sabe pensar la película puede ser mala.. Para los pensantes es Excelente…

  2. Leyendo esto sólo quiero preguntar si la subasta se realiza en Paraguay y hay una enviada del embajador paraguayo en Francia, imagino que es a título personal y no oficial o no me explico esta visita. 🤔

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