‘El Hoyo’, peleando por la solidaridad en un mundo salvaje y desesperanzador

Una plataforma de más de doscientos niveles donde los que residen más arriba consiguen alimentarse bien, mientras que los que están más abajo, apenas sobreviven con las sobras y, en el peor de los casos, terminan recurriendo al canibalismo. No hay sutileza alguna en El Hoyo, la obra española de Galder Gaztelu-Urrutia, y la obviedad puede ser algo exasperante en algunas ocasiones, como cuando un personaje explica la alegoría casi hablándole directamente a la cámara, aunque no por eso es menos válido lo que quiere contar. Con un desarrollo arrollador, la película expresa que a veces necesitamos que las cosas se nos digan a los gritos, ya que el ser humano puede ser bastante terco.

Pero esa es solo una interpretación, ya que la película se presta para varias lecturas, y no está nada ajena al contexto social y político en el que vivimos, por lo que es fácil extraer de ella otros comentarios. Es acerca de la avaricia extrema del hombre, acerca del capitalismo egoísta, aunque quizás, encima de todas estas miradas, hay una crítica dura que encara la problemática de la solidaridad o, mejor dicho, la ausencia de esta. Mientras la plataforma baja y la comida va desapareciendo, ¿cómo podemos ayudar a que todos reciban una ración de lo que se merecen como seres humanos? El protagonista, un hombre llamado Goreng, cree que la solución está en ser solidario, pero se encuentra con varios obstáculo difíciles de evitar, principalmente, la falta de empatía del prójimo.

Al principio, parece ser un hombre de buen espíritu, pero es evidente que jamás estuvo en una situación así, encerrado en un gigantesco edificio sin salida. La mecánica de El Hoyo le da un compañero y treinta días en un mismo nivel. Mientras está más arriba, recibe más comida, pero luego de un mes despierta en un nivel muy inferior, y no le queda otra que recurrir a la violencia para sobrevivir. El guion, firmado por David Desola y Pedro Rivero, consigue abarcar múltiples aristas buscando decir algo acerca de la condición humana, aunque en el proceso aprieta poco. También hay una clara alegoría religiosa presente, con la misma figura de Goreng, que ostenta un look de Cristo occidental y es constantemente apodado el Mesías por las demás personas que se encuentran atrapadas en el mismo lugar.

Cuando la película se pierde un poco en su propia búsqueda, el apartado técnico la levanta a un nivel más que disfrutable. La fotografía es sumamente opresora, con colores fríos y apagados que transmiten una desesperanza total, aun con un protagonista que no descansa en su lucha por la solidaridad y la empatía. El diseño de producción es reminiscente de algunos films de terror como Cube o Saw, y extrae de esta la violencia y el salvajismo al que puede llegar a recurrir el hombre con tal de sobrevivir. No menos importante, es que resulta entretenida cuando la sátira pega fuerte, aunque no es el valor principal, ya que dominan la angustia y el asombro que generan gracias a una dirección sobria que mantiene un ritmo adecuado, exponiendo cuando hay que hacerlo, desarrollando cuando lo requiere, y presentando un montaje videoclipero, cuando hay amenaza de caer en la repetición.

Acerca de Emmanuel Báez 2689 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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