‘Cuties’ desafía a la reflexión sobre la influencia del mundo digital en las niñas

Hablar sobre Cuties se me hace tan delicado e importante como lo fue hablar sobre Eighth Grade de Bo Burnham en el 2018. Ambos trabajos tocan el tema de la influencia de las redes sociales en preadolescentes y retratan los cambios que atraviesan las niñas en una complicada etapa de la vida, buscando que el realismo guíe la ficción. Sobre la ópera prima de Burnham dije que se trataba de una película «aterradora y escalofriante» sin ser del género de terror, por la mirada alarmante y atrevida que tenía de un período bastante específico de la vida de los chicos, lo que podría sentirse todavía más inquietante desde la posición de progenitor. Las diferencias que están haciendo que esta película francesa se posicione en el ojo de una tormenta mediática son tanto diegéticas como extradiegéticas.

La trama sigue a Amy (Fathia Youssouf), una niña senegalesa que se muda con su mamá y su hermano menora Paris, donde ingresa a una nueva escuela. Allí se introduce a un grupo de niñas, quienes forman un grupo de baile llamado las «Guapis», que está practicando porque se acerca una competencia, y tienen el fuerte deseo de participar y ser reconocidas. Amy viene de una familia de religión islámica, por lo que su estilo de vida es bastante cerrado en comparación al de sus nuevas compañeras, algo que ella comprende desde el principio cuando ve a una de ellas bailar osadamente en la habitación de lavado del edificio de departamentos donde viven. Desde ese momento, hará lo que sea para ser aceptada, desde robar el celular de un tío para poder grabar los bailes, hasta mentir a su propia madre con respecto a sus actividades fuera de la escuela.

La obra es la ópera prima de Maïmouna Doucouré, una directora de origen francés-senegalés que mina de su propia experiencia como inmigrante, y que escribió el guion en base a una investigación que hizo luego de presenciar a un grupo de niñas bailar de forma sexualizada en un encuentro en Paris. La realizadora entrevistó a decenas de niñas y exploró a fondo lo que sentían sobre esa clase de baile y del mundo que les rodea, especialmente lo relacionado a las redes sociales y los contenidos que ven en la era digital, sin una supervisión constante de los padres. Como una persona que creció en una familia polígama de religión islámica y entre dos países de culturas diferentes, la directora avanzó con una película que propone un debate altamente matizado que se vio manchado por un error garrafal por parte de Netflix.

Todo empezó cuando la plataforma de streaming lanzó el poster hace unas semanas, causando una controversia tremenda a lo largo y ancho de las redes sociales. En ese poster se veía a las niñas con poses sexualizadas, lo que obviamente fue tomado fuera de contexto, y levantó una primera oleada de críticas por parte de internautas alarmados por la representación. Nadie niega que esa movida de marketing fue absurda y desubicada, y Netflix ya pidió disculpas rápidamente, y salió a defender la película y a la directora, afirmando que el film «es una crítica social contra la sexualización de niños pequeños», invitando así al público a que vea el trabajo antes de emitir opiniones prejuiciosas. La segunda oleada de críticas empezó cuando el título se estrenó en la plataforma, iniciando un boicot en contra de la misma.

En los dos casos, hay una evidente falta de criterio por parte de los detractores, además de un prejuicio elevado por la falta de predisposición al análisis. Esto se vuelve así en un ejemplo perfecto del peligro que puede causar la descontextualización de contenidos, especialmente en la era digital, y cómo esto expone un profundo problema educativo de incapacidad de análisis con lo que se consume en internet. El ataque que recibió la directora es hasta irónico, ya que la película misma critica de forma incuestionable cómo puede afectar lo que uno ve en la web cuando no está mentalmente preparado para analizar, y no tuvo una educación o guía al respecto de los contenidos de índole sexual que fácilmente se encuentran.

En el caso de Amy, una niña de 11 años que busca escapar de su realidad, las redes sociales suponen un puente a un mundo que no conocía hasta ese entonces. Además, con la presión religiosa y la devastadora noticia de que su padre volvió a casarse y que pronto regresará a la casa con su nueva esposa, ella encuentra en el grupo de niñas lideradas por Angelica (Médina El Aidi-Azouni) una oportunidad para conocerse mejor, descubrir su feminidad, y distraerse de las costumbres que se ve obligada a seguir en su hogar. Los «me gusta» que recibe en las fotos que sube a internet trabajan como una droga que la empuja sin control alguno, y como no tiene la supervisión de ningún adulto, las videos que ve son absorbidos sin ninguna clase de filtro.

No hay un atisbo de falsedad en el guion firmado por Doucouré, y eso puede ser aterrador para un padre con una niña en plena adolescencia, pero la mirada provocadora es una ineludible invitación al uso del raciocinio de una forma reflexiva, mesurada, y sobre todo, necesaria. Se puede argumentar que hay un roce con la apología porque la visión novel de la directora la lleva a cometer algunos desaciertos a la hora de seguir con la cámara a las niñas, en especial en las escenas de baile, que cada vez son más sugestivos e incómodos. El meollo del asunto es que no estoy seguro de que la directora haya tomado esas decisiones conscientemente, o si se dejó llevar por su propia exploración de los temas que toca, pero está claro que su intención no es jamás exponer a las actrices ni apoyar una mirada perversa. No hay nada en la historia que sea inverosímil, y pretender silenciar su existencia por la descontextualización negativa es buscar tapar el sol con un dedo, siendo el dedo una inútil campaña de boicoteo, y el sol, pues… todo internet.

Eso no quiere decir que sea un trabajo perfecto. Además de la cámara, el guion no es impoluto, y se siente apurado en ciertos momentos. Es una película de una hora y media que podría haberse beneficiado de unos diez minutos más para justificar ciertas acciones por parte de Amy, quien sucumbe a la influencia digital y cultural muy rápidamente. Una escena en particular, que involucra la cámara de su celular y sus partes privadas, carece totalmente de un preámbulo, y sencillamente no funciona porque no hay nada antes de eso que haya desarrollado el personaje hasta ese punto. Una escena previa la enfrenta de una forma instigadora con un hombre mayor, y tampoco hay nada en el guion que establezca esa actitud en la niña. Sin un desarrollo correcto, pareciera que la intención de dichas escenas es simplemente generar un shock sin un argumento que se pueda defender en la propia diégesis de la obra.

Lo que salva esas decisiones es la actuación formidable de la niña Youssouf, quien ni siquiera habla mucho durante la película. Tiene una mirada profunda que transmite eficazmente toda la gama de emociones que atraviesa a Amy en su odisea de autodescubrimiento, lo que es doblemente impresionante teniendo en cuenta que es su primer papel actoral, al igual que las demás niñas, quienes no estaban nada ajenas a lo que se retrata en la historia. Cualquier niña preadolescente con un celular se encuentra con lo que ellas ven en internet, y la película hace un trabajo maravilloso examinando sus efectos en una mente inmadura, además de criticar la hipersexualización infantil, y la problemática de cómo las religiones más obtusas contribuyen a estos dilemas.

Acerca de Emmanuel Báez 2705 Articles
Editor en Jefe y Crítico de Cine. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society. Miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix. Jurado Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2018.

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