‘Animales Fantásticos’, los Crímenes de J.K. Rowling

Resulta bastante irónico que uno de los atractivos más promocionados de esta saga de Animales Fantásticos sean los nuevos escenarios -en esta segunda parte, la ciudad de Paris- ya que J.K. Rowling escribió ahora un guión encerrado que poco o nada expande la mitología del Mundo Mágico a pesar de los nuevos detalles, personajes, y situaciones que buscan forzadamente establecer una conexión con las historias conocidas en las películas de Harry Potter. Esa familiaridad que está latente en cada guiño impregna a la trama de un miedo incapaz de liberarse para establecer nuevos rumbos que sean dinámicos e imaginativos, y reduce todo el universo a una historia que parece desarrollarse en la misma hectárea. Los Crímenes de Grindelwald se salva porque captura y transmite esa sensación única del género que realmente ningún otro intento de saga de fantasía consiguió desde las películas del niño mago, a excepción de la entretenida y superior The House With a Clock in Its Walls de este mismo año.

Quizás alguien tendría que haberle mostrado las precuelas de Star Wars a Rowling antes de que se sentara a trabajar en el libreto, ya que los errores son muy similares. Si bien hay un intento noble de darle a estos protagonistas un destino casual, sin profecías ni elegidos que deben cumplir un propósito único, el guion firmado por la escritora británica se recuesta constantemente en las alusiones y la obsesión del fanático promedio que se deleita fácilmente con las trivias y los datos de fondo. Eso es al mismo tiempo una falta de respeto y confianza, ya que la saga Harry Potter se construyó con personajes tridimensionales que ya en la primera película demostraron una evolución que fue creciendo a lo largo de las continuaciones. Sin embargo, al final de esta segunda entrega poco o nada uno aprende de los personajes, y es una pena con tanto potencial, especialmente en relación a nuestro héroe central.

Newt Scamander es un mago desinteresado y bondadoso cuya única motivación es el bienestar de sus preciosas criaturas y, si estos de alguna manera se encuentran en el centro de un conflicto, hará lo que sea con tal de ayudarlos, expandiendo su efecto a quienes estén involucrados. Al menos eso es lo que se sentía con la primera película. Aun después de revelarse a Grindelwald, la mirada de Newt (gracias a la interpretación enternecedora de Eddie Redmayne) era una de curiosidad y empatía, como con sus bestias. No había nada más que lo unía a esas circunstancias.

Ahora, sin embargo, así como el linaje Skywalker, esta serie de películas están destinadas a convertirse en la Saga Dumbledore, con la introducción del personaje en su versión más joven. Si bien Jude Law exuda carisma y elegancia, su presencia trae consigo un montón de retoques a la mitología del Mundo Mágico y Rowling se olvida por completo desarrollar a sus personajes con algo fresco que los mueva para adelante. Si bien hay una línea central que pone a Newt en camino a encontrarse con Grindelwald, hay ruido de fondo que en ocasiones opaca a lo que está en frente. Escenas donde se hace más énfasis en un personaje extra o una criatura fantástica ya conocida o diálogos que funcionan más para establecer referencias que para darle más dimensiones a los protagonistas. Rowling también pone muchas de sus fichas en la anticipación de un misterio cuya revelación depende mucho del factor sorpresa, y es un giro que no se desprende del mismo temor por perder relevancia que acompaña a gran parte del guion.

Por suerte para ella, la dinámica entre actores es divertida y tanto Redmayne como Law seducen a la pantalla con una magia propia. Los que también deberían de llevarse el crédito son los del departamento de efectos especiales al crear las nuevas criaturas y darle volumen a los duelos y los distintos enfrentamientos, que divierten con parafernalia de encantamientos, hechizos y juegos de varitas bien variados. Ahí la dirección de David Yates es acertada y pulcra, tal vez demasiado, enmarcando siempre la acción de forma muy limpia y estableciendo una atmósfera opaca sin momentos que valgan la pena destacar. Todo es simplemente funcional, y lejos está el riesgo y la búsqueda con vestigios portentosos que acompañaron a las películas de Harry Potter. Quizás para la siguiente entrega contraten a alguien con más personalidad autoral que recuerde a Alfonso Cuarón en El Prisionero de Azkaban.

Lo demás realmente no merece mucha mención. Johnny Depp es tan transparente y su interpretación de uno de los supuestos villanos más grandes de la historia mágica es ordinaria. En comparación al Voldemort de Ralph Fiennes, parece un adolescente jugando con algo que no debe. La que realmente resalta es Zoë Kravitz como Leta Lestrange, un personaje con luces y sombras que la actriz carga con un aura de misterio bien trabajado. No puedo decir lo mismo de Ezra Miller o Claudia Kim, que tendrían que haber sido puntos fuertes, pero apenas tienen tiempo para destacarse, producto de una historia con muchos personajes poco elaborados y un desfile de referencias que, si bien entretienen superficialmente, distan de cumplir con lo prometido.

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Acerca de Emmanuel Báez 2637 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

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