‘A Ghost Story’, el tiempo y sus fantasmas

¿Qué es un fantasma? Pocas películas se hicieron esta pregunta o invitaron a uno a sentarse y pensar en ese enigma. La mayoría de las películas se dedican a expresar una idea superficial, repitiéndola hasta el cansancio, hasta que el concepto de un fantasma queda casi definido por una representación básica que responde a motivaciones meramente comerciales. No hay nada de malo con eso, claro, para quien no quiera ser desafiado a repensar conceptos aprendidos. Creo que a la mayoría de las personas nos gusta una buena película de sustos de vez en cuando. Pero de repente llega una película como A Ghost Story, que propone nuevos conceptos desde una óptica más meditativa y profunda, buscando alterar convenciones para generar algo más que un susto, algo que perdure.

David Lowery escribe y dirige esta magnífica obra protagonizada por Rooney Mara y Casey Affleck, como una pareja presentada simplemente como M y C, respectivamente. Ambos viven en una modesta casa, aunque ella está empujando para mudarse, y él prefiere continuar viviendo allí, componiendo canciones, abrazando un conformismo que está dañando la relación. Sin embargo, es evidente que hay un amor trascendente, tal vez algo descuidado, pero latente en gestos y abrazos nocturnos que se fusionan en una gentil llamarada que mantiene vivo ese cariño mutuo que se siente maduro y experimentado. Y luego C fallece en un accidente automovilístico, y la película cambia su visión de la vida y la muerte a uno extremadamente melancólico y contemplativo. M se convierte en una figura fantasmal, en el sentido más tradicional de la palabra: una manta blanca y dos agujeros en la zona de los ojos.

Lowery, que en el 2016 dirigió Pete’s Dragon, la mejor de las adaptaciones live-action de Disney hasta la fecha, decide entonces probar la paciencia del espectador, y solo aquellos realmente interesados serán recompensados porque la película es una verdadera maravilla que invita a reflexionar sobre lo que pensamos acerca del tiempo y la vida después de la muerte, pero no en el sentido religioso ni espiritual sino más existencial, donde las preguntas no tienen respuestas absolutas sino dependiendo del punto de vista de quien lo mire. A través de este ente solitario, la película aborda la soledad y la no existencia, así como el tiempo y como este puede ser la fuerza más grande que existe, imposible de comprender en su totalidad sin caer en una aflicción emocional por lo etéreo que puede llegar a volverse cualquier debate al respecto.

Sin embargo -agregan otros personajes que van interviniendo con sus propias adiciones-, el tiempo puede ser conquistado brevemente a través de la memoria colectiva o, inclusive, a través de la memoria familiar, gracias a alguna marca que una profundamente a dos o más personas, ya sea algún elemento artístico como una canción o una historia que pase de generación en generación. El tiempo, tan frágil y poderoso al mismo tiempo, es el principal objeto de estudio a medida que avanza la película, que acentúa en su melancolía con una banda sonora plácida firmada por Daniel Hart, con una canción interpretada por Dark Rooms que resulta sumamente emotiva. Todo esto a través de la figura de este fantasma, que existe más allá de las reglas del tiempo tal y como lo conocemos, lo que lo frustra en ocasiones, haciendo que interactúe momentáneamente con el mundo de los vivos.

El mismo Affleck está debajo de la manta durante casi toda la película, y es increíble como Lowery evita el aburrimiento aprovechándose de la banda sonora y el espacio que habita el fantasma en cada escena, así como los planos que usa para retratarlo dependiendo del contexto de cada situación. El director además enmarca su historia en un encuadre clásico, lo que le da una sensación extra de fuerza al silencio que baña la obra durante la mayor parte del tiempo. Todos los detalles suman para que la simpleza de su silueta no sea un impedimento narrativo, sino todo lo contrario, en especial en algunas escenas donde se percibe algo parecido a una mirada más entristecida debido al contorno de los agujeros en la manta (por cierto, un gran ejemplo contemporáneo del Efecto Kuleshov), lo que solo genera más melancolía con respecto a la reflexión del tiempo. Al final, A Ghost Story golpea donde realmente duele, en lo efímero de la vida, exhortando a dejar cualquier tipo de huella que pueda darle continuidad a la memoria, ya sea expresar nuestros sentimientos o componer una canción, para evitar convertirnos en los fantasmas del tiempo.

¿Qué les pareció la película? Dejen su calificación y comenten!
Total: 7 Promedio: 3.3
Acerca de Emmanuel Báez 2653 Articles
Editor en Jefe y crítico de cine en @Cinefiloz. Primer miembro paraguayo del Online Film Critics Society, miembro de la asociación Cinema23 del Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

Sé el primero en comentar!

Deja un comentario :D