‘Milagro en Milán’, y los pobres heredarán la Tierra

Luego del obvio éxito conseguido mundialmente con ‘Ladrón de Bicicletas’ en 1948, Vittorio de Sica tenía que seguir reuniéndose con el grandioso Cesare Zavattini y concebir la segunda película de la que más tarde sería considerada la “Trilogía de la Pobreza”. Esta vez, quizás alejándose unos pasos de las características más comunes del Neorrealismo Italiano, De Sica nos introduce en un relato humilde que lentamente y con toques de original comedia, se va transformando en una peculiar fábula fantástica sobre el optimismo necesario para luchar contra la indiferencia.

De esa nueva unión nace ‘Miracolo a Milano’ de 1951, adaptación de la novela ‘Toto, El Bueno’, producto también de la magnífica imaginación de Zavattini. Esta vez, De Sica no ahonda en detalles personales de nuestro personaje principal, sino que se encarga de incluirlo como líder de un grupo ingente de personas, que se convertirán en protagonistas de una historia humanitaria que no se olvida de seguir criticando a la sociedad egoísta de la posguerra.

El film empieza como un cuento: “Érase una vez…” una anciana preparándose para trabajar en su pequeño huerto, cuando empieza a escuchar sollozos de una pequeña criatura, la cual se encuentra desnuda y abandonada en el lugar. Naturalmente, la anciana acoge a este niño, lo cuida, lo cría y lo educa hasta donde puede. Se encarga de inculcarle optimismo y mantenerlo siempre sonriente ante cualquier situación que pudiera parecer negativa. Aun así, el tiempo se encarga de debilitar a la abuela y, al fallecer ésta, Toto es enviado a un orfanato del cual sale ya adulto, para encontrarse con la sociedad convaleciente que ha dejado la guerra.

De Sica salta de planos sencillos a algunos realmente atrayentes, llevándonos desde un principio a una historia en la que no cabe la tristeza, sino como arma para enseñarnos lo que nos perdemos al dejar que este estado de ánimo se apodere de nosotros. Toto es el encargado de ilustrarnos acerca de las posibilidades que supone el tomar las cosas por su lado bueno, sin dejarnos vencer por las adversidades más funestas, como pasar la vida en casas de cartones.

La película pone de manifiesto una vez más, como lo hizo ‘Ladrón de Bicicletas’, la fragilidad de las emociones humanas en medio de la miseria y la desprotección por parte de los adinerados. Algunos personajes se escudan en la antipatía, y otros no encuentran salida más eficaz que aquella que supone dejar el mundo en el que viven, retratando con efectividad las problemáticas de las clases sociales y los efectos de la carencia de empatía que separaba a las personas.

Afortunadamente, ahí entra Toto, y no se puede obviar el inmenso cariño que demuestra, y su natural habilidad para irradiar deseos de vivir, porque de eso estamos hablando, personajes pobres pero con muchas ganas de vivir, llenos de amor y respeto, personas que quieren eludir los problemas y ser felices, a pesar de la precariedad en la que viven. Quieren demostrar que son igual de personas que los aristócratas que los observan insensibles. Así, el relato llega a su cambio de vía cuando estos pobres que habitan en un terreno sin dueño legal, y veneran en demasía a este joven risueño que les devolvió los deseos de vivir, descubren que en su suelo hay petróleo. Inmediatamente, los avariciosos de las clases más privilegiadas se apersonan al lugar para reclamar la tierra y lucrar con lo que allí apareció.

La película pasa de tener un estilo narrativo a lo Chaplin y se embarca en una aventura fantástica. Hasta entonces, este estilo había funcionado a la perfección, siendo una mezcla equilibrada entre comedia y drama que invocaba situaciones algo surrealistas, y las ofrecía como plato principal en lo visual. De ahora en más, esta rareza literaria no hace más que jugar con las posibilidades que le da el cambio de hilo, pasando al postre de toda esta entretenida andanza.

Toto es visitado por el espiritu de la anciana, quien le entrega una paloma con la cual podrá realizar cualquier deseo. Con esta arma divina, Toto defiende a sus amigos y protege lo poco que tienen, haciendo retroceder a la policía una y otra vez y entregando inyecciones más grandes de esperanza a quienes comenzaban a pensar que había llegado su fin. Aun así, posteriormente se ven rodeados y aprisionados, pero el amor que este joven había generado en una muchacha logra que ésta corra en su salvación, dando inicio a una escena final que para algunos podría parecer presuntuosa, pero que no está más que filmada para que la veamos con los ojos ingenuos y optimistas de Toto.

‘Milagro en Milán’ es una película que hace reír, que emociona y suministra dosis de optimismo. A pesar de algunos puntos débiles, nos invita vigorosamente a reflexionar sobre nuestro papel en la sociedad actual y a pensar en lo que es verdaderamente importante. Su mensaje de la lucha de clases es claro, conciso y concreto, sin demandar tanto tiempo ni esfuerzo, elevando a esta cinta en su aparente sencillez, a los escalones más altos del Neorrealismo Italiano y los clásicos del mismo país.

Emmanuel Báez

Septiembre 07 2008 03:19 am | Clásicos - Críticas

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